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Crimson Peak: gótico impostado

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Guillermo del Toro me recuerda un poco a esas personas de genuina vocación artística que no pueden sustraerse a la necesidad de trabajar para comer. Así, en su filmografía coexisten películas donde su personalidad e intereses se muestran de manera más que evidente junto a otras que, sin llegar a tratarse de simple prostitución artística, han sido realizadas principalmente con la loable intención de llegar a fin de mes. El espinazo del diablo podría incluirse en el primer grupo mientras que, a pesar de no haberla visto ni planear hacerlo nunca, Pacific Rim se me antoja un buen ejemplo del segundo. Y entre ambos extremos podríamos situar sus adaptaciones de Hellboy , realizadas con la intención de llegar a un público masivo pero sin olvidarse de dar cabida a muchas de sus obsesiones; amén de contar con una temática que de seguro ocupa un lugar de honor en su corazón de friki. Aunque sospechaba que Crimson Peak debía estar más cercana a las obras que podríamos considerar personales,...

Beyond the Black Rainbow: inexistencias inconfesables

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Existe un tipo de cine que me provoca gran incomodidad, excediendo las emociones causadas por lo mostrado en pantalla. Y es que conozco pocas sensaciones tan funestas como la de no estar a la altura de una narración, generalmente por carecer del bagaje necesario para comprender su contenido simbólico o elementos argumentales. Por ello, al experimentar esto con una película popular o aclamada tiendo a echar mano de comparaciones con el «traje nuevo del emperador» y otros dudosos salvavidas, buscando de manera preventiva un escondrijo en el que refugiarme de mis posibles limitaciones. Sin embargo no puedo evitar considerar algunas películas como genuinas tomaduras de pelo. Quizá el problema radique en mi excesiva querencia por el elemento narrativo —al que suelo subordinar todos los demás— aunque de una obra como Holy Motors solo puedo destacar la extraordinaria desfachatez de que hace gala al desgranar su conjunto de no-historias. Así mismo, la casi coetánea Enemy inicialmente apar...

Rip It Up and Start Again: viejas olas

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Siempre he tenido alma de bibliotecario y a lo largo de los años ha sido inevitable que mi modesta biblioteca personal atravesara diversas reorganizaciones. De este modo mis libros han estado clasificados por autores, materias, géneros o nacionalidades en función de mi capricho del momento, siempre ignorando los sistemas de verdad como el Dewey y las disfuncionalidades al estilo del orden autobiográfico empleado por Rob en Alta fidelidad . Finalmente me he decantado por un sobrio orden alfabético, aunque no haya podido resistirme a mantener una división entre ficción y no ficción. Este último apartado es el que aumenta de manera más esporádica, a base de ensayos que casi siempre versan sobre temas sociales o, quizá con mayor frecuencia, música. Sin embargo, la lista de mis lecturas revela que nunca he gozado de la amplitud de miras suficiente para alardear de un interés en la música popular verdaderamente omnívoro. Siempre eludo los temas más generales para ceñirme casi en exclusiva...

Her: disfonía

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Muy a menudo me hallo en desacuerdo con la opinión mayoritaria sobre alguna obra de ficción, especialmente en lo que respecta al cine.  Gravity es un ejemplo más o menos reciente, una película ensalzada por el grueso de la crítica y que, quizá decepcionado por su espuria etiqueta de ciencia ficción, no fui capaz de disfrutar. El de Her también ha sido uno de estos casos, una película a la que un genuino interés me atrajo inicialmente. Pero mi curiosidad no tardó en remitir, a medida que quedaba patente el contraste entre la profundidad de los temas por ella tratados y lo huero de su argumento. Her transcurre en una Los Ángeles que ha dejado de ser el infierno automovilístico que es hoy para convertirse en un lugar en el que la gente puede desplazarse en transporte público o incluso a pie. Pero casi desde el principio tuve problemas para digerir esta imagen asépticamente optimista de un futuro cercano, donde todo parece por estrenar y en el que empleos inanes permiten vivir ...

Freakangels: conocemos todos vuestros secretos

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La hiperabundancia de remakes en el cine comercial actual es algo contra lo que suelo despotricar a menudo, quejándome tanto del escaso atrevimiento de la presente generación de guionistas como del conservadurismo de los grandes estudios. Por ello encuentro bastante contradictorio no conocer cierto tipo de cine por sus obras originales, sino a través de versiones posteriores. Así me ha ocurrido con un buen número de historias a caballo entre el terror y la ciencia ficción filmadas en la década de los cincuenta, que he disfrutado mediante los remakes realizados en los años setenta y ochenta. Pero películas como La invasión de los ultracuerpos , La mosca o La cosa son responsables de buena parte de mi aprecio por John Carpenter y David Cronenberg y me consuela pensar que, antes que revisiones de los clásicos, puedo considerarlas como nuevas adaptaciones de las obras literarias en las que se basaban aquellos. Una excepción notable es El pueblo de los malditos , que llevaba a la pan...

No me pegues que llevo gafas: esto está lleno de modernas

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Uno de los fenómenos del siglo XXI que más me ha sorprendido es la práctica desaparición de las subculturas que recibían el apelativo de tribus urbanas. Es cierto que algunos vestigios de las mismas aún perviven, aunque sus códigos han cambiado y cada vez me resulta más difícil reconocer a sus miembros. O quizá la brecha generacional sea lo que me impide identificar los nuevos grupos en los que hoy se compartimenta la juventud, atendiendo a criterios ignorados por mí. Pero lo que sí percibo es que el antiguo sistema, en el que uno era heavy, gótico o punk de manera exclusiva y casi sectaria, ha dado paso a tendencias en las que prima un eclecticismo de carácter omnívoro. Así, toda manifestación cultural puede ser reivindicable, ya sea con sinceridad o desde una posición defensivamente irónica. Al menos así es como suelo intentar definir a los hipsters , esa extraña subcultura a la que casi nadie osa adscribirse, y cuya propia denominación es usada habitualmente con intención peyorat...

Mr. Robot: domo arigato

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Fight Club es uno de los poquísimos casos en los que me he decantado por una adaptación antes que por la obra original. La película de David Fincher incluye en su guion una dimensión política adicional que, si bien no está en absoluto ausente en la novela de Chuck Palahniuk, sí se aprecia de manera más patente sobre la pantalla. La escena final, en la que las sedes de las compañías emisoras de tarjetas de crédito son demolidas una tras otra mientras escuchamos Where Is My Mind? lanza un mensaje memorable al tiempo que inequívoco. Dejando a un lado lo similar de su planteamiento, lo que me ha impulsado a ver Mr. Robot ha sido la curiosidad por saber hasta que punto su vago mensaje antisistema aparecería bajo una forma domesticada y de fácil digestión. Quizá por ello mi interés no tardó en dar paso a la extrañeza a medida que avanzaba por los capítulos de la serie. Hay quien ha considerado Mr. Robot como una necesaria puesta al día de Fight Club , obviando el hecho de que la vig...