Her: disfonía

Muy a menudo me hallo en desacuerdo con la opinión mayoritaria sobre alguna obra de ficción, especialmente en lo que respecta al cine. Gravity es un ejemplo más o menos reciente, una película ensalzada por el grueso de la crítica y que, quizá decepcionado por su espuria etiqueta de ciencia ficción, no fui capaz de disfrutar.

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El de Her también ha sido uno de estos casos, una película a la que un genuino interés me atrajo inicialmente. Pero mi curiosidad no tardó en remitir, a medida que quedaba patente el contraste entre la profundidad de los temas por ella tratados y lo huero de su argumento. Her transcurre en una Los Ángeles que ha dejado de ser el infierno automovilístico que es hoy para convertirse en un lugar en el que la gente puede desplazarse en transporte público o incluso a pie. Pero casi desde el principio tuve problemas para digerir esta imagen asépticamente optimista de un futuro cercano, donde todo parece por estrenar y en el que empleos inanes permiten vivir en apartamentos con envidiables vistas. El protagonista viene a ser una especie de moderno Cyrano, en un tiempo en el que hasta las relaciones humanas son víctimas de la externalización y las personas pagan a profesionales para que escriban cartas a sus seres queridos. En este futuro vintage no solo los pantalones de talle alto vuelven a estar de moda, sino que los videojuegos ya no intentan ofrecer una experiencia inmersiva, los sistemas operativos se acompañan de manuales en papel y la música se escucha en mono con un único auricular, como todavía hace algún anciano de oreja pegada al transistor.

A diferencia de la mencionada Gravity y a despecho de un cartel que la anunciaba como historia de amor, Her también pretende ser un relato de ciencia ficción. Pero no creo que el hecho de tratar temas de cierto calado convierta cualquier obra en una narración interesante de manera automática. Mi problema con Her probablemente se debe a que su particular sensibilidad —tan moderna— trata de conectar con un público objetivo entre el que no creo encontrarme, a pesar de tocar el ukelele ocasionalmente. O quizá se trate del abismo abierto entre lo que un lector de William Gibson podría esperar de un argumento sobre el amor entre inteligencias artificiales y seres humanos y lo que Her realmente ofrece.

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