No me pegues que llevo gafas: esto está lleno de modernas

Uno de los fenómenos del siglo XXI que más me ha sorprendido es la práctica desaparición de las subculturas que recibían el apelativo de tribus urbanas. Es cierto que algunos vestigios de las mismas aún perviven, aunque sus códigos han cambiado y cada vez me resulta más difícil reconocer a sus miembros. O quizá la brecha generacional sea lo que me impide identificar los nuevos grupos en los que hoy se compartimenta la juventud, atendiendo a criterios ignorados por mí. Pero lo que sí percibo es que el antiguo sistema, en el que uno era heavy, gótico o punk de manera exclusiva y casi sectaria, ha dado paso a tendencias en las que prima un eclecticismo de carácter omnívoro. Así, toda manifestación cultural puede ser reivindicable, ya sea con sinceridad o desde una posición defensivamente irónica.

Al menos así es como suelo intentar definir a los hipsters, esa extraña subcultura a la que casi nadie osa adscribirse, y cuya propia denominación es usada habitualmente con intención peyorativa. Ni siquiera sé hasta que punto el hipster existe realmente y no se trata de una entelequia, producto de oscuras estrategias de mercadotecnia. De cualquier modo el término ha calado y ya es de uso común, incluso habiéndose usado como principal reclamo de un vídeo propagandístico del Partido Popular, aquel que mentía acerca de las ballenas. Y aunque la definición de hipster sea algo elusivo, el concepto resulta caricaturizable de manera paradójicamente sencilla, como ha intentado demostrar Jorge Monlongo en No me pegues que llevo gafas.

No me pegues que llevo gafas, por Jorge Monlongo
Este cómic, portador del esclarecedor subtítulo Una fábula hipster, se esfuerza por criticar el predominio de la ética sobre la estética percibido en esta subcultura, es decir, el afán de molar por encima de la transmisión de cualquier tipo de discurso. Así, la obra muestra unos personajes empeñados en elaborar un fanzine a la antigua usanza, «con grapas y fotocopias», simplemente porque es guay: su mensaje y contenidos son lo de menos. Pero Monlongo se dedica principalmente a burlarse de las formas de afectación y conductas estereotipadas más comunes y, así, veremos chistes más o menos fáciles a costa de cupcakes, gin-tonics de diseño y artistas de pacotilla. Hasta el famoso bar «de viejos» El Palentino asoma en sus viñetas, aunque me haya hecho más gracia reconocer un trasunto de El Cazador, ese bar chic amueblado con vetustas sillas de parvulario, sillones roñosos, tapices con motivos cinegéticos y apolilladas piezas de taxidermia. Por desgracia, No me pegues que llevo gafas se conforma con recopilar una pequeña colección de gags, ofreciendo un resultado bastante deshilvanado y repleto de vías muertas y escenas que, ni hacen avanzar la difusa trama principal, ni llegan a funcionar por sí mismas. Su feísta dibujo es quizá el elemento que está más cerca de redimir a la obra, revelando una profunda antipatía por el objeto de la crítica con la que no puedo evitar empatizar.

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