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Cien años de soledad: volverán los oscuros golondrinos

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Además de a nuestros destinos, el transporte público nos conducirá inevitablemente al extravío de algunas pertenencias. Paraguas, guantes y hasta sombreros han sido las víctimas usuales de mis despistes pero nunca hasta ahora había perdido un libro. Quizá el motivo sea que estos fieles compañeros no suelen abandonar mis manos mientras me encuentro en camino a donde sea, por no mencionar que el ruido que producen al caer no pasa tan inadvertido como el de una bufanda. Pero es más posible que esta ausencia de pérdidas haya sido un caso de inaudita buena suerte, tras no pocos años como estudiante y toda una vida de lector. Por supuesto que durante ese tiempo unos cuantos volúmenes han desaparecido de mi biblioteca, aunque la mayoría de bajas se hayan debido a préstamos no culminados en devolución o a accidentes tan vergonzantes como el sufrido por mi primera copia de Ghost World . Sea como fuere, el disgusto causado por esta primera pérdida ha sido mayúsculo, en parte por la inversió...

Death in June: ¿despertaré a la oscuridad?

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Hoy tiene lugar un acontecimiento tan poco frecuente como un concierto en Madrid de Death in June y me dispongo a asistir al mismo mientras experimento gran variedad de sensaciones. Pero entre ellas predomina la vergüenza por ir sin haber hecho los deberes, con la esperanza de escuchar un repertorio tan plagado de éxitos añejos como si fuera a ver cualquier dinosaurio de tres al cuarto en un festival veraniego. Y es que hace ya unos cuantos años que dejé de seguir la pista al proyecto de Douglas Pearce, aburrido de una música que me llegó a parecer repetitiva, prisionera de una fórmula tan caduca que ni siquiera en los momentos más gloriosos de su pasado le permitía alzar el vuelo por completo. Dejando a un lado la experimentación inicial y la incursión electrónica que supuso Nada! la guitarra acústica es el instrumento que protagoniza la mayoría de las composiciones de Pearce. Pero la habilidad del británico como guitarrista se reduce a rasguear un exiguo número de acordes sigui...

Attack the Block: qué dientes tan grandes tienes

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Mi interés por la ciencia ficción siempre ha sido transversal, incluyendo libros, cine y lo que se tercie. Mis incursiones literarias no siguen un plan trazado de antemano pero cuando reflexiono sobre ellas me resulta fácil detectar patrones y apreciar el modo en que una novela conduce a otras o cómo un cuento determinado sirve de punto de partida para la exploración de nuevas temáticas. Por el contrario, no suelo andarme con tantos miramientos a la hora de escoger cine y veo casi cualquier cosa que llame vagamente mi atención, sin orden alguno y con frecuentes concesiones a películas que en realidad no me interesan demasiado. Entre estas últimas a menudo encuentro cintas en las que los elementos de ciencia ficción son puramente accesorios, empleados para imprimir cierta pátina de género a historias que discurren por derroteros con mejores posibilidades recaudatorias. Un buen ejemplo es Oblivion , que no tarda en dejar atrás un comienzo prometedor al estilo de Moon para dar paso a ...

Penny Dreadful: biblia de Tijuana

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No dejar nada a medias es una de mis obsesiones más antiguas, aunque no recuerdo exactamente cómo llegué a pensar que finalizar cada nuevo libro al que me enfrentaba era poco menos que un deber moral. Posiblemente en algún momento llegué a intuir que en ocasiones valía la pena sufrir comienzos poco prometedores, con la esperanza de que el contenido posterior justificara el peaje pagado en áridos pasajes y plúmbeas exposiciones argumentales. Pero en fecha reciente he conseguido comenzar a superar esta neurosis, abandonando a medio camino algunas obras que encuentro aburridas, superfluas o irritantes. Por el momento no he sido capaz de devolver un libro a la estantería antes de llegar hasta su última página, tal vez influenciado por viejos prejuicios que me hacen considerar la letra impresa como una de las máximas expresiones culturales y merecedora de respeto universal. Y por otra parte, la inversión de tiempo necesaria para el visionado de una película no es excesiva y cuando el ted...

The Machine: implante neural táctico

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El gran estreno cinematográfico de ciencia ficción de este año ha sido la esperada Interstellar , último trabajo de un Christopher Nolan que aún conserva su estatus como director de culto a pesar del éxito de público cosechado por sus devaneos superheroicos. Aunque todavía no la he visto no por ello he sido capaz de evadirme de los numerosos debates que está suscitando en los que, por ejemplo, se discute sobre si hay en ella más de Spielberg o de Kubrick. Incluso encontraremos quien niegue su naturaleza de obra de ciencia ficción, una etiqueta que suele aplicarse alegremente a Gravity o a cualquier otra narración en la que aparezcan naves espaciales. Pero lo cierto es que este género solo cobra protagonismo cada vez que el rodillo publicitario es puesto en marcha por alguna película de elevado presupuesto, aunque a la postre se limite a ser un nuevo producto de acción ambientado en escenarios futuristas. Este no es el caso de The Machine , una modesta producción británica escrita...

El misterio de las voces élficas

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Cuando conocí a Cocteau Twins la banda escocesa se hallaba en las postrimerías de su carrera. Su relevancia no solía ser puesta en duda pero tampoco era raro que se la considerara una antigualla heredada de los años ochenta, entonces todavía demasiado cercanos para ser reivindicados sin asomo de sonrojo. Es posible que su nombre no esté tan presente en el discurso musical dominante como el de algunos de sus coetáneos pero su legado es hoy más visible que nunca y su influencia se deja sentir en el sonido de numerosas bandas. Algunos de estos grupos afines han terminado recalando en Bella Union, la compañía discográfica fundada por Robin Guthrie y Simon Raymonde tras la disolución de Cocteau Twins. Por supuesto, era inevitable que Bella Union publicara el primer trabajo de Snowbird, un proyecto del propio Raymonde junto a la cantante estadounidense Stephanie Dosen. Pero las primeras escuchas de  Moon han supuesto una pequeña decepción, quizá agudizada por las expectativas gener...

Metronomy: errores de medición

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Alguna vez he relatado la naturaleza casual de muchos de mis descubrimientos musicales, normalmente hechos gracias a un pequeño detalle leído de soslayo en cualquier reseña minúscula que llama mi atención y que pasa a funcionar como un auténtico mapa del tesoro. En ocasiones estas pistas se revelan como un callejón sin salida aunque en otras me conducen a algún hallazgo no del todo inesperado. Mucho más a menudo escucho música que se abre paso hasta mí por pura fuerza bruta, a base de acumular referencias procedentes de diversos medios. Así es como hace tres años me topé con  The English Riviera de Metronomy, un grupo del que sabía tan poco que hasta hace unos días pensaba que el mencionado álbum era su primer trabajo de larga duración cuando en realidad ya era nada menos que el tercero, por no mencionar su abultado número de EP publicados. Ni siquiera recuerdo que mi primera escucha de este disco naciera de un interés genuino sino más bien de la simple curiosidad, combinada ...