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Infumables

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En plena adolescencia una amiga con inquietudes literarias solía hablarme de una categoría especial que había creado, pensada para aquellos escritores de genio universalmente reconocido pero que dudaba que jamás leyera. Las causas de esta negativa eran diversas pero en lo esencial se reducían a una buena dosis de desgana juvenil sumada a los prejuicios más infundados, sin olvidar una saludable actitud iconoclasta que, en tanto antesala del pensamiento crítico, es necesario cultivar. Esta galería de infumables —así los llamaba ella— era fluida y se expandía y contraía a menudo en función de unos intereses en constante evolución. Autores como William Faulkner o John Steinbeck podían estar incluidos un día, salir del gueto al siguiente y reincorporarse con posterioridad, según las mareas cambiantes de sus apetencias. Pero en aquella lista de infumables algunos escritores tenían garantizado un puesto que entonces se nos antojaba inamovible. Thomas Mann y James Joyce capitaneaban la cole...

El Pardo: tu dios es verdadero

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Si hay algo que marca la diferencia entre la música de décadas pasadas y la del presente es la práctica desaparición del posicionamiento o compromiso político, ejemplificado aquí en una Lourdes Hernández significándose como «de derechas» desde una posición de aparente indigencia intelectual. En su excelente ensayo Clampdown , la periodista británica Rhian E. Jones analiza el giro ideológico que ha tenido lugar en la escena musical británica durante las últimas dos décadas, aunque algunas de sus conclusiones son fácilmente extrapolables a la realidad española. En este país también se ha producido un fenómeno de apropiación cultural, con una clase obrera que ha perdido su voz al negársele el derecho a definirse como tal y una producción musical cada vez más en manos de miembros de los estratos sociales más privilegiados. Y si a ello añadimos que buena parte de la escena independiente está formada por «gente mayor que está viviendo su adolescencia» —en palabras de Nacho Canut— el confo...

French Films: Big in Japan

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Nunca antes había sido tan sencillo entrar en contacto con nueva música como lo es hoy: quizá por ello a veces es difícil librarse de la desidia para decidirnos a escucharla. Muy especialmente, la música en directo parece haber quedado reducida a coto de fans a pesar de ser una manera de descubrir nuevos artistas que supera a las indicaciones de cualquier «prescriptor». Y desde luego que me encanta ser arrastrado a una sala de conciertos para escuchar un grupo que no conozco más que someramente. O absolutamente de nada. De esta manera he conocido a French Films, una banda finlandesa que tras publicar su segundo álbum se halla inmersa en una gira mundial relativamente ambiciosa. Pero lo primero que sentí mientras sus jóvenes miembros tomaban el escenario empuñando sus guitarras Tokai fue una punzada de compasión al ver los destrozados zapatos de dos de ellos, casi bostezando de puro rotos. Aunque probablemente haya en ello más de impostura que de auténtica necesidad, pocas cosas tien...

Metro 2033: tambores en lo profundo

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No soy un gran aficionado a los videojuegos llevados al cine, a menudo consistentes en mal disimulados intentos de exprimir ciertas propiedades intelectuales hasta sus últimas consecuencias. Y no es que los videojuegos sean forzosamente un material fuente mediocre pero rara vez son afortunados en guionistas y directores, con Uwe Boll siendo lo más parecido a un especialista en este campo a pesar de que su oficio no mejore con el tiempo. En cuanto a sus novelizaciones, ya leo demasiada ficción de género como para dedicar tiempo a libros que me cuesta creer que se hallen en el lado bueno de la ley de Sturgeon. Sin embargo, los videojuegos sí han demostrado ser capaces de adaptar otros medios con solvencia, capturando atmósferas adecuadamente y probando su valía como vehículo narrativo. Dicho esto, he de admitir que conocí el videojuego Metro 2033 antes de saber que estaba basado en la novela homónima del ruso Dmitry Glukhovsky. A pesar de una sinopsis que se limitaba a enfatizar el...

Sustracciones

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Las opiniones sobre la clasificación de la música contemporánea en géneros son variadas, abarcando desde la del etiquetador compulsivo que necesita archivar cada sonido en su correspondiente anaquel hasta la actitud opuesta de quien reniega de todo intento de parcelar lo sonoro. Pero más común es encontrarse en alguna posición intermedia entre ambos extremos, contemplando las etiquetas como herramientas útiles que nos ayudan a entender la música y convierten un todo ingente en categorías más manejables y aprehensibles. Por el contrario, la división en géneros pierde rápidamente esa utilidad cuando se emplea para constreñir las diversas propuestas musicales, encerrándolas de manera artificial en guetos cada vez menores. Pero el intento del ayuntamiento de Fuengirola de proscribir determinadas formas musicales de la feria que allí se ha celebrado recientemente es, además de descaradamente autoritario, imposible de llevar a la práctica con un mínimo de rigor. La relación de géneros m...

Dichosos festivales

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A pesar de mi afición a la música en directo nunca he sentido demasiado interés por los festivales y muy rara vez he llegado a asistir a alguno. Con el tiempo incluso he llegado a cultivar algo de inquina hacia ellos, contemplándolos como uno de los motivos por los que ciertos grupos no recalan en Madrid o la causa de que la ya depauperada oferta de conciertos en mi ciudad se encoja hasta la casi inexistencia al llegar el verano. En particular, las giras de las bandas foráneas de talla «mediana» son constantemente canibalizadas por los festivales veraniegos y muy a menudo su presencia en uno de ellos constituirá su única actuación de ese año en nuestro país, para desconsuelo de muchos. Sin embargo, hace ya algún tiempo que están surgiendo visiones más críticas que abordan el fenómeno de los festivales desde puntos de vista sociales o económicos, sin limitarse al aspecto cultural ni dar por sentado que se tratan de la gran fiesta musical que pretenden ser. Últimamente he tenido oca...

Aurora de rojos dedos

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La saga de Rambo parece hoy un mamotreto difícilmente reivindicable, otro artefacto más de la Guerra Fría reducido a pura antigualla. Quizá fuera posible salvar First Blood pero se ha visto muy lastrada a posteriori por la disonancia moral que presenta con respecto a sus violentas sucesoras, que además tratan temas bien distintos y son políticamente mucho más cuestionables. Especialmente perniciosa es Rambo III , una película que ya nació envejecida al incidir en el conflicto este-oeste en plena perestroika , llegando a retratar a los soviéticos como monstruos capaces de arrancar bebes nonatos del vientre de las mujeres afganas. Al seguir fielmente la retórica norteamericana de la época y repetir sus eslóganes sobre el mundo libre, los luchadores por la libertad y demás propaganda, Rambo III es un filme indigesto que no soporta un visionado actual a menos que uno sea un supervivencialista ansioso por dar uso a su refugio antiatómico. Pero en ocasiones la nostalgia tiene como ob...