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The Smiths: hoy te esperaré

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Aunque el vaso imaginario que contiene mis lecturas sobre The Smiths debe estar próximo a rebosar, de tanto en tanto encuentro algún nuevo volumen que despierta mi curiosidad sobre la banda. Con el paso del tiempo mi interés en conocer nuevos detalles sobre el grupo de Manchester se ha ido desvaneciendo hasta casi la insignificancia pero a veces es reavivado por el buen hacer que se desprende de algunas obras, particularmente cuando una mano bienintencionada las deja caer en mi regazo. Y así, una de mis últimas adquisiciones ha sido The Smiths , una antología de ensayos sobre la banda británica compilada por Fruela Fernández y cuyo subtítulo Música, política y deseo parece aludir al variado carácter de los textos que la componen. La naturaleza de los mismos es ciertamente diversa y mientras que algunos han sido escritos ex profeso para la ocasión, otros son más antiguos en origen y rebuscados en su procedencia. De este modo The Smiths se configura como un mosaico difícil de valo...

Ender's Game: los viejos cadetes espaciales

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En ocasiones ocurre que un autor o músico por quien en tiempos llegamos a sentir auténtica devoción pierde ese lugar de privilegio. Y menudo la causa es ese hastío que nace del conocimiento íntimo y que puede hacernos olvidar casi cualquier objeto amado. Orson Scott Card fue durante mucho tiempo uno de mis escritores de cabecera y me sentía poco menos que obligado a leer cada palabra que escribía. Pero no sería la sobredosis lo que terminara por conducirme al desinterés sino la creciente presencia en su obra de su ideario religioso, plenamente visible en la colección de cuentos La gente del margen y llegando a extremos absurdos en La saga del retorno . La lectura de esta última pentalogía fue lo que finalmente me hizo desistir de continuar adentrándome en el universo de Card, harto del mesianismo explícito de su protagonista y de una visión reaccionaria del mundo en general y de temas como la homosexualidad en particular. A pesar de todo continúo conservando una minúscula cantidad ...

The Messenger: mensajes del ayer

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A pesar de haber aprendido a amar la música de The Smiths desde mi interés por la figura de su guitarrista he encontrado mucho más apetecible seguir las posteriores correrías del otro colíder de la banda, el inefable Steven Morrissey. Quizá se deba a que la carrera de este último consiste únicamente en una relativamente extensa serie de álbumes en solitario, mientras que el resto de la producción musical de Johnny Marr se reparte entre un buen número de bandas. Por desgracia, mi interés por la mayoría de estos grupos era escaso antes de la incorporación de Marr y mi afición a su música nunca pasó de ser algo impostado. Dejando de lado un álbum grabado bajo el nombre de Johnny Marr + The Healers, la sola excepción a la mercenaria y casi funcionarial carrera del guitarrista de Manchester es su paso por Electronic. Pero de los tres álbumes fruto de esta colaboración con Bernard Sumner tan solo el primero ha encontrado algún acomodo en mi memoria y, de hecho, nunca he llegado a dedica...

¡Qué independencia!

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En numerosas ocasiones he reflexionado sobre los géneros musicales desde estas mismas páginas, llegando siempre a parecida conclusión: las etiquetas funcionan mejor cuando su finalidad es meramente la de orientar y para ello se requiere un grado de vaguedad. Categorías amplias y difusas como rock, pop o punk son paradójicamente más útiles y se prestan a menos equívocos que las del enrevesado árbol genealógico del metal, con su exhaustiva taxonomía no apta para profanos. Sin embargo nunca he sabido qué hacer del pretendido intento de hacer de lo indie un género musical con entidad propia. En origen, el término no es más que el apócope de independiente —en alusión a la situación contractual de los músicos— aunque también hace referencia a una determinada actitud, caracterizada entre otros rasgos por la filosofía DIY procedente del punk. Pero la vertiente del pop que trata de posicionarse frente al llamado mainstream  ha conseguido apropiarse prácticamente en exclusiva del térmi...

Víbora: a pedra da serpe

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Muchos son los motivos por los que me gusta visitar la Feria del Libro de Madrid aunque la mareante cantidad de volúmenes allí expuestos no sea la más importante ni de lejos. Encuentro irresistible visitar las casetas de las editoriales más modestas para hallar la ocasional gema oculta pero la Feria es ante todo una estupenda fuente de anécdotas librescas: desde el dependiente que interrogaba a su compañero sobre la ubicación de no sé cuál trilogía fantástica en cuatro  tomos hasta el librero de Valdemar que, ante un lector que ponía de manifiesto su hartazgo por el mito del vampiro, replicaba con exquisito cinismo que aún más inverosímil era el de los emprendedores y muchos se lo tragaban en la vida real. Esta caseta de la editorial Valdemar ha sido durante muchos años una de mis escalas obligatorias, a las que en fechas más recientes se han añadido los puestos de Gigamesh y Alamut/Bibliópolis. Este último siempre está regentado por un mismo librero que, a pesar de no recordarm...

Loom: blanqueados por el sol

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Mi generación parece vivir atenazada por las garras de la nostalgia, a juzgar por la profusión de libros y otros medios dedicados a capturar el ayer. Estos artefactos son en algunas ocasiones más o menos fieles al original; en otras el pasado se reimagina completamente, con la finalidad de convertirlo en un producto de consumo apto para públicos masivos, encantados con esta oportunidad de aproximarse a las experiencias que les hubiera gustado vivir en aquellos días. Pero el método más insidioso que la nostalgia emplea para conseguir que volvamos la vista atrás es hacer que lo nuevo remede lo viejo. La plaga de remakes y adaptaciones que hoy doblega al cine quizá sea el resultado más pernicioso de este conservadurismo cultural, aunque no estoy tan convencido de que las actitudes retrospectivas estén siendo igualmente nefastas para la música. Por ejemplo, la década de los ochenta ha sido a menudo víctima de reacciones y ataques no siempre justificados, que a la postre causaron la p...

The Chameleons: saber lo que es real

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Los aires cuasi góticos de mucho del post-punk reciente no han evitado que Joy Division continúe siendo una referencia aparentemente obligatoria al describir el sonido de prácticamente todas estas bandas. Grupos como Savages son comparados rutinariamente con el del fallecido Ian Curtis y, aunque estos símiles no resistan una escucha mínimamente analítica, a menudo la banda ha de salir al paso de tales afirmaciones para reiterar que sus grupos de cabecera son otros. Incluso ha habido reacciones más airadas, como la de Harry McVeigh de White Lies al afirmar hace unos años que, horror, no le gustaban Joy Division, probablemente para remarcar que su propia banda se inspira mucho más en la new wave que en el post-punk y que tiene bastante más que ver con Echo and the Bunnymen o The Chameleons que con la banda de Manchester. Los mencionados The Chameleons son uno de esos esquivos grupos que son citados mucho más a menudo de lo que son escuchados. A pesar de ello su legado es fácil de...