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Canción de hielo y fuego: llévate una rebequita

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Siempre he tendido a encontrar mayor atractivo en las obras que funcionan simultáneamente en varios niveles, involucrando más profundamente al lector, al espectador o incluso al jugador, si es que aceptamos la validez de ciertos videojuegos como vehículos narrativos. Alien es uno de los ejemplos más claros, siendo en esencia una película de terror que no sólo viene ataviada con ropajes de ciencia ficción sino que también pertenece a este género por derecho propio, aprovechando su trasfondo futurista para ponernos en guardia contra la codicia corporativa. También Predator funciona de parecida manera, aunque prescindiendo de la riqueza de temas tratados en beneficio de una superior dosis de acción y efectuando además alguna tímida crítica a la política exterior estadounidense de las postrimerías de la Guerra Fría. Es posible que esta naturaleza poliédrica sea una de las razones por las que Canción de hielo y fuego se ha abierto paso hasta llegar a un público masivo. La saga no s...

Eagulls: mala suerte

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Llevo bastante tiempo intentando dar por finalizado el resurgimiento del post-punk , más o menos desde el periodo comprendido entre la revelación de Editors como el espejismo que quizá siempre fueron y la publicación del irregular cuarto álbum de Interpol. Pero últimamente me he cuestionado hasta qué punto es posible tildar de simple revival a un movimiento tan complejo como el post-punk de este siglo, que ya supera holgadamente en longevidad a la escena de los años ochenta y que, lejos de limitarse a caer en «joydivisionismos» gratuitos, ha explorado un buen número de avenidas musicales. Y es que entre los aires cuasi góticos de Savages y el ramalazo pop de The Drums hay una paleta sonora tan extensa que hace pensar que el post-punk ha mutado en etiqueta genérica, de espectro tan amplio como puedan serlo otras como power pop o punk rock . Un grupo como los mencionados The Drums siempre me ha inspirado no poco recelo y, aunque interesantes, no puedo dejar de considerar sus dos d...

¡Puta Guerra!: Verdún fue peor

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A excepción de la cobertura recibida por algunos actos conmemorativos el inminente centenario de la Primera Guerra Mundial está pasando desapercibido en los medios de comunicación, aunque quizá sea más llamativa su casi total ausencia de las obras de ficción recientes. Eclipsada por la Segunda Guerra Mundial, la entonces llamada Gran Guerra siempre ha ocupado un segundo plano en cine, literatura y demás, quizá debido a una mayor ambigüedad aparente: por contra, es demasiado fácil reducir la Segunda Guerra Mundial a uno de esos asuntos de buenos contra malos tan del gusto de la ficción popular. Pero precisamente me he decidido a leer ¡Puta guerra! huyendo de relatos de ese tipo, superando al mismo tiempo el recelo que me inspiraba un Jacques Tardi del que conocía poco más que Las extraordinarias aventuras de Adèle Blanc-Sec . Antes que con las correrías de tan antipática heroína, ¡Puta guerra! comparte espíritu con La flor en el fusil , si bien despojada de elementos de ficción p...

El fondo del aire es rojo: me arrepiento de nada

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Estos días son habituales los lamentos a propósito del declive de la agenda cultural madrileña, evidenciado en los cierres de sus cines, teatros y salas de conciertos. Pero en lo relativo a estas últimas hace ya años que tengo la sensación de que su posición como alternativa de ocio ocupa un plano cada vez más discreto, con la mayoría del público limitándose a asistir a las actuaciones de bandas de las que ya es fan e ignorando a los grupos noveles. Estos últimos se ven así desprovistos de uno de los canales más efectivos para dar a conocer su música, a despecho de lo que nos han contado acerca de las posibilidades que ofrece internet. Espíritusanto ha sido uno de esos grupos que he conocido en un concierto al que asistí de manera casual. Esta banda madrileña aúna un buen número de referencias de los años ochenta y noventa para desarrollar un sonido que, aunque basado en las guitarras eléctricas, le debe no poco carácter a su componente electrónico y a la especial personalidad que l...

Kill List: círculos de piedra

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El cine de terror me ha parecido un valor seguro desde que tuve edad para disfrutar de cierta autonomía televisiva. Incluso cuando todavía era posible frecuentar videoclubes la sección de terror era mi primera parada si lo que buscaba era simplemente pasar un buen (mal) rato. Y es que, aunque encontrar malas películas en el campo del horror sea tan fácil como en cualquier otro género, siempre he pensado que sí es más difícil que sean aburridas: al menos si se goza de disposición macabra y buenas tragaderas. Pero lo cierto es que en los últimos años no he mostrado tanto interés por el horror cinematográfico como solía, a pesar de que la aclamada The Cabin in the Woods haya hecho bastante por revivir mi interés en el mismo. Igualmente, The Conjuring me ha parecido un esfuerzo más que notable, descollando por encima del resto de la obra reciente de James Wan. Sin embargo, la película que realmente me ha hecho recordar qué encontraba de atractivo en aquellos terrores sobrenaturales ...

Lush: memoria de lo efímero

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Buena parte de mi presente fascinación por las bandas agrupadas bajo la ambigua etiqueta de shoegazing arranca de un temprano interés en el carácter etéreo de Cocteau Twins, así como de la curiosidad por el aura de malditismo que durante mucho tiempo arropó a grupos como Ride. A finales de los años noventa del pasado siglo solía relatarse cómo el shoegaze había reducido la escena musical británica a la irrelevancia, propiciando su conquista momentánea por la invasión grunge y salvándose tan solo gracias a la heroica aparición del britpop , cual oportuno San Jorge. Tal interpretación no ofrecía fisura alguna y una revisión positiva del shoegazing no ha sido posible hasta fecha reciente, auspiciada por la aparición de un buen puñado de nuevos grupos ansiosos por reivindicar aquellos sonidos y culminando con el retorno de algunos miembros de la vieja guardia como Swervedriver y hasta de luminarias del calibre de My Bloody Valentine o Slowdive. Pero de las bandas que conformaron a...

Música Moderna: pero qué público más tonto tengo

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Los libros de bolsillo de precio excesivo suelen inspirarme algo de rechazo aunque demasiado a menudo termino haciendo excepciones. Algún chasco reciente ha hecho que ejercite algo de cautela pero no suele importarme adquirir libros publicados por editoriales pequeñas, en tiradas muy reducidas y con mucho amor invertido en su edición. Música moderna ha sido la última de estas excepciones, tras haber sido reeditado por Libros Walden y La Fonoteca más de treinta años después de su aparición. Este librito de poco más de cien páginas pretende ser una recapitulación de lo que fue la llamada movida madrileña , con la particularidad de haber sido escrito en los albores de aquel periodo por uno de sus protagonistas más relevantes: Fernando Márquez alias «El Zurdo», conocido por su participación en grupos como Kaka de Luxe o La Mode. Música moderna es definido en su propio subtítulo como una «historia de la nueva ola en España», aunque sólo lo sea en cierta manera. Más que de una escena ...