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Get Ready: el mundo en tus manos

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Es posible que mi interés en New Order no haya sido constante a lo largo de los años pero nunca ha llegado a desvanecerse del todo. Quizá por ello mi curiosidad por la banda británica haya terminado extendiéndose a parientes más o menos cercanos, comenzando por sus ilustres progenitores hasta llegar a descendientes casi bastardos como Electronic, Monaco o Bad Lieutenant. Casi siempre me he dirigido a estas bandas con la intención de encontrar en ellas algo de New Order, aunque en ocasiones fuera el cansancio por la fórmula original lo que propiciara esta búsqueda. Los altibajos mencionados en mi apreciación de New Order se extienden a parte de su discografía y, así, un álbum como Technique hoy no me parece la obra cumbre de antaño sino un disco demasiado lastrado por la coyuntura temporal que lo vio nacer. Pero el álbum que más ha llegado a sorprenderme con el paso del tiempo es Get Ready . Publicado en un momento en el que había perdido la pista a la banda hasta el punto de dar...

Autobiography: postadolescencia

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He sido fan de The Smiths durante buena parte de mi vida pero nunca he comprendido del todo la práctica de considerar el trabajo en solitario de Steven Morrissey como una suerte de colofón a la trayectoria de su grupo. Ambas cosas están lejos de formar un todo indisoluble y en mi caso fue el guitarrista Johnny Marr quien se convirtió en el principal objeto de mis devociones, además de la inspiración que me llevó a coger un instrumento por vez primera. Por contra, la figura de Morrissey siempre me ha parecido menos interesante en lo musical, con mi interés en él debiéndose a elementos como su talante lenguaraz o una capacidad de generar controversia aparentemente infinita. En cualquier caso es difícil encontrar textos sobre The Smiths que, de un modo u otro, no pongan el acento en la figura de Morrissey. Ya mi primera adquisición —publicada por la recordada editorial La Máscara— hacía gala de un título tan inequívoco como The Smiths & Morrissey mientras que la mucho más reciente...

The Top: en la cumbre

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Ahora que florecen las listas de lo mejor del año es fácil perder la perspectiva y sentirnos desbordados por todos esos discos im-pres-cin-di-bles que aún no hemos tenido ocasión —o ganas— de escuchar. Pero aún más hiriente es el caso de aquellos álbumes cuya existencia desconocíamos por completo. Con ellos llega a ser necesario hacer de la ignorancia virtud para así evitar entregarse a otro tipo de exceso navideño, en este caso sonoro: devorar disco tras disco tratando de hallar las gemas que otros han sabido ver en ellos. Por mi parte, estos días he preferido recordar aquella época en la que el acceso a la música era más limitado y nuestras discotecas únicamente comprendían los álbumes que podíamos tomar prestados o adquirir por nuestra cuenta. A modo de ejemplo, un disco como The Top venía precedido por cierta mala fama y nadie que conociera se había atrevido a hacerse con él. No tuve otro remedio que comprarlo para poder completar la discografía de The Cure y confirmar que, e...

Infumables

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En plena adolescencia una amiga con inquietudes literarias solía hablarme de una categoría especial que había creado, pensada para aquellos escritores de genio universalmente reconocido pero que dudaba que jamás leyera. Las causas de esta negativa eran diversas pero en lo esencial se reducían a una buena dosis de desgana juvenil sumada a los prejuicios más infundados, sin olvidar una saludable actitud iconoclasta que, en tanto antesala del pensamiento crítico, es necesario cultivar. Esta galería de infumables —así los llamaba ella— era fluida y se expandía y contraía a menudo en función de unos intereses en constante evolución. Autores como William Faulkner o John Steinbeck podían estar incluidos un día, salir del gueto al siguiente y reincorporarse con posterioridad, según las mareas cambiantes de sus apetencias. Pero en aquella lista de infumables algunos escritores tenían garantizado un puesto que entonces se nos antojaba inamovible. Thomas Mann y James Joyce capitaneaban la cole...

El Pardo: tu dios es verdadero

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Si hay algo que marca la diferencia entre la música de décadas pasadas y la del presente es la práctica desaparición del posicionamiento o compromiso político, ejemplificado aquí en una Lourdes Hernández significándose como «de derechas» desde una posición de aparente indigencia intelectual. En su excelente ensayo Clampdown , la periodista británica Rhian E. Jones analiza el giro ideológico que ha tenido lugar en la escena musical británica durante las últimas dos décadas, aunque algunas de sus conclusiones son fácilmente extrapolables a la realidad española. En este país también se ha producido un fenómeno de apropiación cultural, con una clase obrera que ha perdido su voz al negársele el derecho a definirse como tal y una producción musical cada vez más en manos de miembros de los estratos sociales más privilegiados. Y si a ello añadimos que buena parte de la escena independiente está formada por «gente mayor que está viviendo su adolescencia» —en palabras de Nacho Canut— el confo...

French Films: Big in Japan

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Nunca antes había sido tan sencillo entrar en contacto con nueva música como lo es hoy: quizá por ello a veces es difícil librarse de la desidia para decidirnos a escucharla. Muy especialmente, la música en directo parece haber quedado reducida a coto de fans a pesar de ser una manera de descubrir nuevos artistas que supera a las indicaciones de cualquier «prescriptor». Y desde luego que me encanta ser arrastrado a una sala de conciertos para escuchar un grupo que no conozco más que someramente. O absolutamente de nada. De esta manera he conocido a French Films, una banda finlandesa que tras publicar su segundo álbum se halla inmersa en una gira mundial relativamente ambiciosa. Pero lo primero que sentí mientras sus jóvenes miembros tomaban el escenario empuñando sus guitarras Tokai fue una punzada de compasión al ver los destrozados zapatos de dos de ellos, casi bostezando de puro rotos. Aunque probablemente haya en ello más de impostura que de auténtica necesidad, pocas cosas tien...

Metro 2033: tambores en lo profundo

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No soy un gran aficionado a los videojuegos llevados al cine, a menudo consistentes en mal disimulados intentos de exprimir ciertas propiedades intelectuales hasta sus últimas consecuencias. Y no es que los videojuegos sean forzosamente un material fuente mediocre pero rara vez son afortunados en guionistas y directores, con Uwe Boll siendo lo más parecido a un especialista en este campo a pesar de que su oficio no mejore con el tiempo. En cuanto a sus novelizaciones, ya leo demasiada ficción de género como para dedicar tiempo a libros que me cuesta creer que se hallen en el lado bueno de la ley de Sturgeon. Sin embargo, los videojuegos sí han demostrado ser capaces de adaptar otros medios con solvencia, capturando atmósferas adecuadamente y probando su valía como vehículo narrativo. Dicho esto, he de admitir que conocí el videojuego Metro 2033 antes de saber que estaba basado en la novela homónima del ruso Dmitry Glukhovsky. A pesar de una sinopsis que se limitaba a enfatizar el...