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Ingeniería

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El retrofuturismo presente en las obras clásicas de ciencia ficción es algo que encuentro cautivador por diversos motivos. Pero asomarse al futuro desde una ventana abierta en el pasado es también una experiencia desconcertante, tanto por la alienación que produce lo que pudo haber sido y jamás fue como por la sorpresa causada por el reconocimiento de elementos que sí han llegado a existir en nuestro presente - y que alguien pudo imaginar décadas atrás. El comienzo del siglo XXI dejó incumplidas muchas de las promesas de la ciencia ficción, con los famosos coches voladores siendo una de las más manidas. Pero el futuro que llegó sí ha adquirido algunos de los tintes sombríamente distópicos que fueran anticipados por autores como Frederik Pohl o William Gibson, con el estado perdiendo su puesto de principal agente económico en favor de las empresas trasnacionales. Las diferencias con nuestra realidad son fundamentalmente cosméticas: a principios de la década de los ochenta la moda era...

La taylorización del héroe

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No hace tanto que mencionaba mi desagrado por el concepto de placer culpable, idea que se me antoja empleada en exceso y, tomada en serio, demasiado afín a ejercicios de hipocresía tales como la preocupación de puertas para afuera por la marca España. Personalmente prefiero ir más allá del "esto no debería gustarme" para abrazar mis intereses más oscuros e intentar descubrir su fuente , evidente en algunas ocasiones y precisando de algo de introspección en otras. Mi afición a la narrativa de corte pulp es una de esas debilidades cuya procedencia no tengo del todo clara aunque suela responsabilizar a Verne, Stevenson y demás culpables de haber cultivado mi gusto por la aventura. Aún hoy continúo disfrutando con los mitos de Cthulhu, leyendo números atrasadísimos de Savage Sword of Conan , revisitando a Salgari cada tanto e incluso lanzándome a descubrir la obra de autores de la catadura de Edgar Rice Burroughs, una de esas lecturas que sólo parecen tener sentido durante...

Por encima del hombro

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Últimamente no puedo evitar pensar que la relativa abundancia cultural que hoy vivimos está enmascarando o incluso propiciando un cierto empobrecimiento intelectual. Es tanta la oferta que nos sentimos tentados a tratar los bienes culturales como productos que disfrutar sólo una vez antes de pasar a lo siguiente, algo que ocurre con especial frecuencia en el caso de la música: hay tanta y tan variada que difícilmente puedo no abordar disco tras disco de manera casi estajanovista, oyéndolos más que escuchándolos y sin apenas detenerme porque aún queda mucho trabajo por hacer. Ya sea por genuino interés en las novedades o por una vaga ambición de estar a la última, lo cierto es que en el pasado reciente rara vez me he sorprendido a mí mismo escuchando un disco múltiples veces en sucesión, perdiéndome entre sus canciones mientras dejaba que crecieran en mí al descubrir elementos nuevos con cada audición. Se trata de algo que sí acostumbraba hacer durante mi adolescencia pero que abando...

Torchlight: barato, barato

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Aunque pasé casi de puntillas por su segunda parte y planeo continuar evitando la tercera, Diablo es uno de los videojuegos en los que más horas he invertido: las suficientes como para haberse incorporado a mi historia oral familiar. Mi hermana solía cachondearse de mis partidas preguntando si ya estaba jugando a «ir al pueblo a vender cosas» porque casi cada vez que se asomaba por mi PC sorprendía a mi personaje en Tristram, deshaciéndose del botín obtenido en su última razia. Pero más memorable resultó ser aquella tarde en que mi aprendiz de hechicero intentó vencer a The Butcher infructuosamente mientras la jodida cría coreaba «Ah... Fresh meat!» a mis espaldas. Una y otra vez. En aquel lejano 1997 Diablo era un eficaz entretenimiento que desempeñaba a la perfección su doble papel como pseudojuego de rol y Gauntlet evolucionado, con una mecánica tan simple como la acumulación de puntos de experiencia y objetos mágicos que permitieran vencer a enemigos cada vez más poderosos y ...

Hirsutismo ilustrado

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Es posible que de no ser por Alan Moore nunca hubiera llegado a tomarme los cómics del todo en serio, con mis primeros tebeos limitándose a los clásicos del humor que todos conocemos además de algún que otro raído tomo de Marvel (de los editados aquí por Vértice). Pero la lectura de Watchmen supuso casi una epifanía y ése fue el primer cómic que consiguió hacerse con un hueco entre mis libros "de verdad", sellando así el fin del apartheid en mis estanterías. Con el paso de los años he ido realizando incursiones cada vez más audaces en el campo de los cómics, evitando celosamente a los superhéroes pero desdeñando poco más y llegando a apreciar a Daniel Clowes tanto como a Joe Sacco. Pero muy a menudo he terminado por regresar a la obra de Moore, reconociendo entre sus vástagos algunas de sus señas de identidad predilectas a pesar de lo diverso de su temática. Por supuesto tengo mis favoritos y así, V for Vendetta me parece un libro excepcional y vigente hasta el punto de...

En pequeñas dosis

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Durante las últimas décadas la música que generalmente es llamada gótica ha existido en numerosas formas, comenzando con aquellos primigenios grupos de post-punk tímidamente oscuros que dieron lugar a las bandas de rock gótico que apostaban más decididamente por las tinieblas. Posteriormente este tronco común iría diversificándose hasta casi escindirse en dos tendencias difícilmente conciliables: por un lado la dark wave surgida de coqueteos con la electrónica y por otro los sonidos que se aproximaban al metal. Pero mientras tanto el rock gótico languideció hasta su casi desaparición, asfixiado por el encorsetamiento al que muchos de sus exponentes se sometían al intentar conformarse a vacuas convenciones de género. Ya en el siglo XXI el post-punk volvería a ser un genero incluso demasiado relevante, del que surgirá un puñado de grupos interesados en explorar vías más tenebrosas de lo usual. Éste es el caso de Monozid, banda alemana poseedora de un carácter ligeramente más oscuro...

Rojos bajo la cama

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En alguna ocasión he afirmado que asignar etiquetas a los grupos musicales es en buena medida un ejercicio de futilidad, aunque también sea algo necesario e incluso divertido. No creo que debieran emplearse otros criterios además de los musicales para esta labor de clasificación pero a veces es inevitable apoyarse en otros elementos; aunque de este modo haya quien llegue a tildar a Marilyn Manson de góticos, basándose en la oscuridad residual presente en su sonido y, sobre todo, en algo tan accesorio como su imagen. Por mi parte, hace años me costaba considerar el punk como tal atendiendo exclusivamente a criterios musicales. No entendía que un género tan comprometido e ideologizado en su origen pudiera llegar a carecer de posicionamiento político alguno. ¿Eran punk los Green Day de Dookie ? A mí no me lo parecían, desde luego. Pero con el tiempo he aprendido a desligar ideología de sonido y soy capaz - a regañadientes, eso sí - de calificar una banda de punk sin exigir nada más que...