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Legado apócrifo

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Las adaptaciones cinematográficas de la obra de H.P. Lovecraft ciertamente nos han deparado una buena cantidad de horrores. Pero por desgracia no me estoy refiriendo al horror cósmico tan amado por el caballero de Providence sino al horror mucho más pedestre que en los círculos de expertos suele ser denominado "bodrio". A pesar de la existencia de al menos una honrosa excepción (que me gustaría tratar en estas páginas) y del hipotético proyecto de Guillermo del Toro para filmar En las montañas de la locura el legado de Lovecraft ha aparecido con mayor fidelidad no en las películas directamente inspiradas por su obra sino, paradójicamente, en historias a priori ajenas a la misma pero que encapsulan su espíritu con un acierto quizá no del todo intencional, como La cosa de John Carpenter. Al añadir a lo expuesto el precedente patrio de la nefasta Dagon no podía evitar afrontar la visión de La herencia Valdemar con una mezcla de ilusión y pesimismo en parecidas dosis. Sin ...

Coda MMIX

En estas fechas suelen proliferar los artículos-lista, compilaciones de lo mejor de esto, lo peor de aquello, lo más vendido y demás. Pero voy a prescindir de escribir algo de esa índole, no porque haya decidido no hacerlo invocando algún elevado principio personal sino porque no me parece interesante escoger un número arbitrario (¿diez? ¿veinticinco? ¿ cien ?) de artículos de nuestra cultura de consumo y explicar por qué los considero merecedores de un puesto en mi personalísima lista y por qué creo que sirven de resumen de mis últimos doce meses. Preferiría en todo caso elegir algún hallazgo tremebundo, de esos que marcan una vida y que son capaces de producir obsesión. Y no es que este año haya sido parco en descubrimientos de ese tipo pero los primeros que acuden a mi mente ya han encontrado un hueco entre estas páginas y si tengo que ponerme a recordar activamente alguno de los demás quizá se deba a que no fueron tan especiales a pesar de todo. La memoria es traicionera pero el...

Estoy aquí para ayudarte

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Hace ya unos meses que se estrenó Moon , el primer largometraje de Duncan Jones, y a la postre ha resultado imposible no enterarse de que el padre del director británico es un tal David Jones, alias David Bowie. Es un detalle de buen gusto que el novel director de cine no haya optado por cobijarse explicitamente bajo el seudónimo de tan augusto progenitor, además de llevarse unos cuantos puntos extra por apartarse de la tradición familiar y verter sus inquietudes artísticas en un medio distinto al escogido por su padre. Moon es una interesante historia de ciencia ficción que trata temas en su mayor parte ajenos a lo puramente fantástico, aunque no especialmente inusuales en el género. En el fondo Moon no es más que una nueva vuelta de tuerca a la vieja reflexión acerca de lo que nos hace ser humanos y aunque su sustancia no sea especialmente novedosa, su envoltorio resulta sorprendente. Superficialmente la película podría parecernos una amalgama de préstamos procedentes de 2001: ...

James T. Shepard

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Una parte sustancial de los aficionados a los juegos de rol computerizados lleva lustros afirmando que el famoso Baldur's Gate en el fondo no fue para tanto y que las auténticas vacas sagradas del género en la pasada década son Fallout y Planescape: Torment , ambos desarrollados por Black Isle. Pero, apasionantes como esos juegos me parecen, siempre he sentido especial cariño por el antediluviano Baldur's Gate . En general mi aprecio se extiende a todas las producciones de BioWare y siempre he disfrutado con al menos algún aspecto de cada una de ellas, a pesar de su épica de cartón piedra y su moralidad en blanco y negro. O quizá precisamente por esos mismos elementos, capaces de recrear en buena medida aquellos encantadores e ingenuos mundos fantásticos al viejo estilo de Dungeons & Dragons . Pero en algunas ocasiones Bioware ha dejado a un lado los manoseados estereotipos de espada y brujería para probar nuevas ambientaciones, como en el caso de Mass Effect . Mass Ef...

En defensa del pop

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Demasiado a menudo ocurre que el término pop es usado de manera despectiva y con ánimo de trivializar, como si el rock tuviera el monopolio de la autenticidad y el pop fuera un mero producto insustancial, fácil de elaborar, digerir y aún más de evacuar. El uso peyorativo de la palabra pop es tan frecuente que parece casi obligado adherirle etiquetas como alternativo o indie para poder referirse de manera respetable a cierta música que, dejando de lado su calidad, no necesariamente supondrá una alternativa a algo o será independiente en el más estricto sentido del término. Pero yo no creo en la dicotomía de rock contra pop y me atrevo a pensar que ambos términos son casi intercambiables en muchos casos. De hecho me gusta hablar de música pop sin prefijos ni apellidos, entendiéndola en su sentido más amplio y no como algo que se posiciona frente al rock o se limita a ceñirse a los sonidos que pueblan las radiofórmulas. Y no es que desprecie todo intento de etiquetado pero no creo nec...

Dunkelbier

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El norteamericano Tim Powers es uno de los pocos escritores que han conseguido mi rendición a la primera salva. Leí La fuerza de su mirada casi por casualidad, quedando fascinado por la osadía de Powers al incluir entre los personajes de una novela decididamente fantástica a unos cuantos poetas del romanticismo inglés, con un lugar de honor para Lord Byron y su copa de amatista. El segundo asalto no tardó mucho en llegar con La última partida , nuevamente una novela con un fuerte componente fantástico aunque estuviera ambientada en la actualidad. Esta vez el hilo conductor era un extraño juego de cartas, un híbrido de póquer y tarot en el que, como no, los participantes no se limitaban a apostar su dinero y lo que se depositaba sobre el tapete era algo mucho más valioso. La llorada desaparición de las colecciones de fantasía de la editorial Martínez Roca sirvió para que encontrara Cena en el palacio de la discordia en la sección de saldos de unos grandes almacenes, a un precio m...

Una nueva vida le espera en las colonias del mundo exterior

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Aunque no creo que la ciencia ficción sea uno de mis géneros preferidos lo cierto es que nunca he tenido dificultades para hacerle un hueco entre mis dispersas lecturas, intercalando aquí unos cuentos de Ray Bradbury y allí una novela de Ursula K. Le Guin. Pero la ciencia ficción que los expertos llaman dura (la que tiene más de ciencia que de ficción, por describirla de alguna manera) siempre me ha parecido algo tediosa, con sus interminables y farragosas explicaciones sobre constantes gravitacionales y física cuántica. Y, claro está, como lector ducho en tales lides suelo leer ese tipo de digresiones cruzando los dedos para que el autor termine cuanto antes con la palabrería pseudocientífica y continúe contándome su historia. Pero Pórtico ha resultado no ser una novela tan "científica" como temía. El norteamericano Frederik Pohl narra una historia que se desarrolla en dos líneas temporales distintas en capítulos alternos: una de ellas es la línea argumental principal d...