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Pequeñas heroínas

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Hace ya bastante tiempo que asisto con cierta frecuencia a conciertos de artistas que conozco muy someramente. Hay pocas cosas que encuentre tan apasionantes como la música en directo y ya queda lejos aquella época de mi vida en la que, acuciado por las limitaciones presupuestarias de la adolescencia, debía conformarme con presenciar alguna que otra actuación de manera muy ocasional. Y por supuesto, únicamente de grupos de los que ya fuera fan porque estas ansias de aventura podían terminar en un caro desengaño: era mejor comprar el disco y aún mejor pedirlo prestado. No sé muy bien cuándo cambió la situación pero actualmente intento asistir a todos los conciertos que mi tiempo me permite, siempre huyendo de las salas de aforo tirando a grande por lo elevado de su coste y lo insatisfactorio de la experiencia que ofrecen. ¿Ir a ver un grupo "grande" en un estadio o similar? Por el mismo dinero prefiero acudir a dos o tres citas con bandas más "pequeñas" en salas d...

Con piel de lobo

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Una molesta tendencia de buena parte de la narrativa actual es prolongar su extensión más allá de lo necesario, introduciendo elementos secundarios que poco hacen por aumentar la profundidad pero sí añaden duración. Y no es que suela hacerle ascos a las obras extensas pero la inversión en tiempo necesaria para disfrutarlas hasta el final a veces resulta difícilmente justificable. Esas trilogías de literatura fantástica que Timun Mas editaba por docenas hoy se han convertido en tetralogías y hasta heptalogías. Películas como la irrelevante Transformers se aproximan a la marca de las dos horas y media. En el prólogo de The Walking Dead Robert Kirkman expresa su anhelo de escribir una saga de zombis que no termine nunca. Las últimas partes cinematográficas de Harry Potter y Crepúsculo han experimentado una inexplicable mitosis y por si fuera poco, en ambos casos se han lanzado globos sonda sobre hipotéticas continuaciones o spin-offs . Y no podemos pasar por alto que Perdidos precis...

Las buenas intenciones

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No han sido pocas las ocasiones en las que, al enfrentarme por primera vez a una obra narrativa del tipo que fuera, me he sentido obligado a dejarla a un lado para retomarla más adelante, una vez transcurrido un periodo de tiempo enormemente variable. Los motivos son diversos aunque en algún caso he regresado a la primera página de algún libro empujado por un obsesivo afán de perfeccionismo, al pensar que sería posible extraer aún más sustancia de las páginas que tengo entre manos. Esto es algo que me ocurre con frecuencia abrumadora en videojuegos de talante rolero, donde mis comienzos en falso se cuentan por decenas. Mucho más habitual es que estos retrocesos se deban a alguna variante del consabido "éste no es un buen momento", cuando percibo la presencia de elementos que deberían cautivarme pero no consigo conectar con la obra. Incluso Juego de tronos tuvo que esperar hasta mejor ocasión por culpa de los estragos que su abultado censo de personajes estaba causando en ...

Tanto hijoputa y tan pocas balas

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Siendo de susto fácil y talante macabro, siempre he sentido interés por los videojuegos del género al que se ha asignado la descriptiva etiqueta de survival horror . Aquella primera entrega de Alone in the Dark aún se las arregla para no verse demasiado deslucida por el paso del tiempo y ya en el momento de su publicación contaba con muchos de los elementos que posteriormente vendrían a definir el género: numerosos enemigos, escaso armamento y escenarios inquietantes, aunque en esta ocasión todo ello viniera cubierto por una suculenta pátina lovecraftiana. Dejando a un lado entregas posteriores de Alone in the Dark , Call of Cthulhu: Dark Corners of the Earth , Resident Evil y demás, mi gran reencuentro con el terror computerizado se ha producido recientemente con la saga Dead Space . Simplificando en exceso podríamos decir que Dead Space viene a ser lo mismo de siempre pero en un entorno de ciencia ficcion: zombis en el espacio, al decir del propio equipo de desarrollo. La hist...

La transgresión domesticada

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Vivimos en una época en la que demasiado a menudo nuestro discurso tiende a lo anémico, esquivando la reflexión propia para buscar refugio en los lugares comunes del pensamiento ajeno. Casi sin darnos cuenta recogemos opiniones de otros asumiéndolas como propias, en muchos casos para ocultar nuestro desconocimiento sobre un tema determinado, como si la ignorancia fuera un crimen en la era de la Wikipedia. Es así como un buen puñado de opiniones subjetivas (¿y cuál no lo es?) llega a adquirir esa sólida categoría de verdad inapelable. Una de esas cosas que todo el mundo "sabe" es que la versión de Hurt interpretada por Johnny Cash supera al original de Nine Inch Nails. Entiendo que muchos puedan encontrar más accesible la lectura realizada por Cash, basada en una amable guitarra acústica alejadísima del original de Trent Reznor y sus amenazadores arpegios de guitarra eléctrica tras los cuales se insinúa una cierta disonancia, por no mencionar el ruido blanco o los pasajes ...

Té con palomitas

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Sherlock Holmes es uno de esos personajes tan incorporados al acervo popular que todos conocemos al menos un pequeño número de detalles sobre él. Porque después de todo, ¿quién no ha leído una novela de Arthur Conan Doyle? ¿De veras queda alguien que no haya visto alguna añeja película sobre alguno de sus casos? En realidad sí, pero a pesar de ello todos nos sabemos grandes expertos en la figura del detective y hasta hemos oído en alguna ocasión al sabio de turno explicarnos el origen cinematográfico de su característica gorra de cazador o la frase condescendiente con que suele regalar los oídos de Watson. Por ello, en el momento de afrontar alguna obra relacionada con la figura de Holmes no hay quien no cuente con una cierta cantidad de ideas preconcebidas sobre el detective y sepa más o menos qué esperar. Ésa es probablemente la razón por la que las últimas reinvenciones (o reimaginaciones si preferimos emplear el desafortunado neologismo al uso) del personaje intentan cambiar, ...

De ojos glaucos

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A menudo me sorprende lo aleatorio del modo en que cierta música llega hasta mis oídos, en alas de fugaces retazos sonoros. No pocas veces mi imaginación ni siquiera necesita demasiados detalles para ponerse a trabajar y basta una mención de pasada en alguna web, la conversación de unos extraños en el autobús, un fragmento de estribillo escuchado en la radio o una minúscula reseña en la Mondosonoro . Es así como mi curiosidad despierta en brazos de lo trivial y es precisamente de ésta última manera como descubrí a Agnes Obel hace no demasiados meses, cuando una diminuta crítica de Philharmonics consiguió destacar por encima de sus múltiples vecinas y atrajo mi atención a pesar de la expresión un tanto seria de Obel en la foto de portada... ¿o quizás debido a ella? En cualquier caso no tardé en escuchar este primer álbum de la cantante danesa y descubrir su preciosista proyecto. Philarmonics guarda alguna semejanza pasajera con los primeros álbumes de Tori Amos y la PJ Harvey del ...