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De ojos glaucos

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A menudo me sorprende lo aleatorio del modo en que cierta música llega hasta mis oídos, en alas de fugaces retazos sonoros. No pocas veces mi imaginación ni siquiera necesita demasiados detalles para ponerse a trabajar y basta una mención de pasada en alguna web, la conversación de unos extraños en el autobús, un fragmento de estribillo escuchado en la radio o una minúscula reseña en la Mondosonoro . Es así como mi curiosidad despierta en brazos de lo trivial y es precisamente de ésta última manera como descubrí a Agnes Obel hace no demasiados meses, cuando una diminuta crítica de Philharmonics consiguió destacar por encima de sus múltiples vecinas y atrajo mi atención a pesar de la expresión un tanto seria de Obel en la foto de portada... ¿o quizás debido a ella? En cualquier caso no tardé en escuchar este primer álbum de la cantante danesa y descubrir su preciosista proyecto. Philarmonics guarda alguna semejanza pasajera con los primeros álbumes de Tori Amos y la PJ Harvey del ...

Temamos a los vivos

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Hace años solía anotar en una hoja de papel los libros que quería leer y que o bien no me podía permitir o bien no podía encontrar en mi entorno más inmediato. No creo que tal lista llegara a comprender más de diez o quince títulos en su momento de mayor extensión, a pesar de incluir perennemente algún que otro clásico cuya obligada lectura aún sigo eludiendo. Pero dejando a un lado los mencionados clásicos, en ocasiones llegaban a transcurrir meses y hasta años entre la aparición del deseo de leer algo y su satisfacción. En algunos casos esta última nunca llegó a producirse y en su lugar el olvido terminaba por engullir algunos volúmenes que pasaban entonces a engrosar otra lista: la de los libros que jamás leería. A pesar de lo aparentemente obsesivo de este sistema, la lista de marras distaba mucho de ser eficaz y finalmente fue sustituida por la pura fuerza bruta de la memoria a palo seco. Es en este particular y personal limbo desde donde hacía años languidecía el nombre de Tho...

Segundo curso

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Radiohead es uno de esos grupos cuya sola mención es capaz de evocar en mí un desinterés casi absoluto, habiendo olvidado hace demasiado tiempo lo mucho que su música llegó a apasionarme. A pesar de sus excelentes primeros tres álbumes – incluso cuatro, me gusta incluir aquí el EP My Iron Lung - la banda finalmente optó por dilapidar su capital popero y con Kid A su música pasó a ser algo difuso, perdido en un mar de experimentación en el que sólo de tarde en tarde descuellan atisbos melódicos. Es posible que la obra posterior de la banda ya no suene así pero no me atrevería a afirmarlo porque sólo le he dedicado la más somera de las escuchas. Sin embargo el primer trabajo de Radiohead, Pablo Honey , ha sido demasiado a menudo injustamente tildado de insulso a pesar de ser un álbum más que decente, repleto de grandes temas que brillan con luz propia en lugar de limitarse a acompañar a Creep . Pero el gran momento de Radiohead llegó con The Bends , un album que roza la genialidad ...

¿...y mazmorras?

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Es del todo imposible aproximarse a Dragon Age II sin tener algunas opiniones preconcebidas sobre el mismo, especialmente ahora que ya ha transcurrido algún tiempo desde su publicación. Son especialmente populares aquellas corrientes de pensamiento que consideran a este inocente juego como una traición al legado de su predecesor, una muestra más de como EA está ordeñando a BioWare o incluso un nuevo exponente del declive de los videojuegos de rol. A este abanico de opiniones ajenas tengo que añadir mis propias expectativas, inevitables tras haber empleado demasiadas horas recorriendo los senderos de Dragon Age: Origins , su expansión Awakening y sus múltiples DLCs, adquiridas éstas últimas durante un arrebato de coleccionismo cerril. Dragon Age: Origins no me pareció exactamente aburrido o poco inspirado aunque el énfasis en presentarlo como el consabido "retorno a las raíces" de los juegos de rol fue exagerado y francamente falso, teniendo en cuenta lo pretendidamente ...

Regreso al Panóptico

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George Orwell es uno de esos autores excesivamente clásicos de los que puedo afirmar haber conocido durante toda la vida, una auténtica vaca sagrada de la literatura. Su nombre me resulta familiar hasta tal punto que no podría recordar con certeza el momento en que oí hablar de él por vez primera. Aunque no creo que fuera mucho después de descubrir Rebelión en la granja ... en su versión animada, porque no acudiría al libro hasta mucho tiempo después. Pero probablemente la obra de Orwell que ha dejado una huella más profunda en el imaginario colectivo es 1984 . Esta novela es la responsable de que cierto programa de televisión lleve por nombre Gran Hermano , además de haber causado que algún que otro aprendiz de politólogo utilice el hermoso - y aún no muy sobado - neologismo orwelliano para describir cierta especie de régimen ultratotalitario. Así mismo, es notable que el crítico David Pringle incluyera esta novela en su famoso ensayo Science Fiction: The 100 Best Novels y, de he...

The one and only

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Llevaba algún tiempo aguardando la segunda película de Duncan Jones aunque, paradójicamente, el esfuerzo publicitario que ha precedido al estreno de Código fuente casi ha conseguido que la pasara por alto. Y es que el anterior trabajo de Jones - la muy recomendable Moon - tuvo un estreno mucho más discreto que su nueva obra, sin credenciales independientes y acompañada de tal fanfarria hollywoodense y despliegue de carteles que pensé hallarme ante el último thriller de moda. De hecho Código fuente viene ataviada con ropajes de thriller pero es ante todo una película de ciencia ficción, semejante a Moon en alguno de los temas tratados aunque completamente distinta en tono y forma. Sin embargo es casi como si el propio Jones nos invitara a compararlas, con guiños como la osadía autorreferencial de incluir en ambas películas una misma canción de Chesney Hawkes, otrora terror de las nenas. Más allá de estos pequeños detalles, Moon y Código fuente presentan no pocos parecidos, c...

Canta, oh musa

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A pesar de no haber llegado a convertirse en uno de esos grupos que llamo "favoritos", Muse siempre me ha parecido una banda interesante, más allá de toda la pirotecnia sonora desplegada por unos Matt Bellamy y Chris Wolstenholme que parecen querer rivalizar con el propio The Edge en lo que a efectos de sonido se refiere. Aunque considerar a Matt Bellamy como el Jimi Hendrix de su generación pueda parecer excesivo - excepto para algún redactor de Total Guitar - sí pienso que Muse ha sido capaz de llevar el concepto de power trio a un nuevo nivel, dando nueva vida y recontextualizando una fórmula casi tan vieja como el rock mismo. Sin embargo, todavía me produce algún desconcierto y no poca desconfianza el hecho de que, en un espacio de tiempo que se me antoja brevísimo, Muse pasara de ser un grupo relativamente minoritario a llenar estadios. Así mismo, el que la ínclita Stephenie Meyer se deshaga en elogios hacia la banda no contribuye precisamente a despejar mis dudas ...