Cien años de soledad: volverán los oscuros golondrinos

Además de a nuestros destinos, el transporte público nos conducirá inevitablemente al extravío de algunas pertenencias. Paraguas, guantes y hasta sombreros han sido las víctimas usuales de mis despistes pero nunca hasta ahora había perdido un libro. Quizá el motivo sea que estos fieles compañeros no suelen abandonar mis manos mientras me encuentro en camino a donde sea, por no mencionar que el ruido que producen al caer no pasa tan inadvertido como el de una bufanda. Pero es más posible que esta ausencia de pérdidas haya sido un caso de inaudita buena suerte, tras no pocos años como estudiante y toda una vida de lector. Por supuesto que durante ese tiempo unos cuantos volúmenes han desaparecido de mi biblioteca, aunque la mayoría de bajas se hayan debido a préstamos no culminados en devolución o a accidentes tan vergonzantes como el sufrido por mi primera copia de Ghost World . Sea como fuere, el disgusto causado por esta primera pérdida ha sido mayúsculo, en parte por la inversió...