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Segundo curso

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Radiohead es uno de esos grupos cuya sola mención es capaz de evocar en mí un desinterés casi absoluto, habiendo olvidado hace demasiado tiempo lo mucho que su música llegó a apasionarme. A pesar de sus excelentes primeros tres álbumes – incluso cuatro, me gusta incluir aquí el EP My Iron Lung - la banda finalmente optó por dilapidar su capital popero y con Kid A su música pasó a ser algo difuso, perdido en un mar de experimentación en el que sólo de tarde en tarde descuellan atisbos melódicos. Es posible que la obra posterior de la banda ya no suene así pero no me atrevería a afirmarlo porque sólo le he dedicado la más somera de las escuchas. Sin embargo el primer trabajo de Radiohead, Pablo Honey , ha sido demasiado a menudo injustamente tildado de insulso a pesar de ser un álbum más que decente, repleto de grandes temas que brillan con luz propia en lugar de limitarse a acompañar a Creep . Pero el gran momento de Radiohead llegó con The Bends , un album que roza la genialidad ...

¿...y mazmorras?

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Es del todo imposible aproximarse a Dragon Age II sin tener algunas opiniones preconcebidas sobre el mismo, especialmente ahora que ya ha transcurrido algún tiempo desde su publicación. Son especialmente populares aquellas corrientes de pensamiento que consideran a este inocente juego como una traición al legado de su predecesor, una muestra más de como EA está ordeñando a BioWare o incluso un nuevo exponente del declive de los videojuegos de rol. A este abanico de opiniones ajenas tengo que añadir mis propias expectativas, inevitables tras haber empleado demasiadas horas recorriendo los senderos de Dragon Age: Origins , su expansión Awakening y sus múltiples DLCs, adquiridas éstas últimas durante un arrebato de coleccionismo cerril. Dragon Age: Origins no me pareció exactamente aburrido o poco inspirado aunque el énfasis en presentarlo como el consabido "retorno a las raíces" de los juegos de rol fue exagerado y francamente falso, teniendo en cuenta lo pretendidamente ...

Regreso al Panóptico

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George Orwell es uno de esos autores excesivamente clásicos de los que puedo afirmar haber conocido durante toda la vida, una auténtica vaca sagrada de la literatura. Su nombre me resulta familiar hasta tal punto que no podría recordar con certeza el momento en que oí hablar de él por vez primera. Aunque no creo que fuera mucho después de descubrir Rebelión en la granja ... en su versión animada, porque no acudiría al libro hasta mucho tiempo después. Pero probablemente la obra de Orwell que ha dejado una huella más profunda en el imaginario colectivo es 1984 . Esta novela es la responsable de que cierto programa de televisión lleve por nombre Gran Hermano , además de haber causado que algún que otro aprendiz de politólogo utilice el hermoso - y aún no muy sobado - neologismo orwelliano para describir cierta especie de régimen ultratotalitario. Así mismo, es notable que el crítico David Pringle incluyera esta novela en su famoso ensayo Science Fiction: The 100 Best Novels y, de he...

The one and only

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Llevaba algún tiempo aguardando la segunda película de Duncan Jones aunque, paradójicamente, el esfuerzo publicitario que ha precedido al estreno de Código fuente casi ha conseguido que la pasara por alto. Y es que el anterior trabajo de Jones - la muy recomendable Moon - tuvo un estreno mucho más discreto que su nueva obra, sin credenciales independientes y acompañada de tal fanfarria hollywoodense y despliegue de carteles que pensé hallarme ante el último thriller de moda. De hecho Código fuente viene ataviada con ropajes de thriller pero es ante todo una película de ciencia ficción, semejante a Moon en alguno de los temas tratados aunque completamente distinta en tono y forma. Sin embargo es casi como si el propio Jones nos invitara a compararlas, con guiños como la osadía autorreferencial de incluir en ambas películas una misma canción de Chesney Hawkes, otrora terror de las nenas. Más allá de estos pequeños detalles, Moon y Código fuente presentan no pocos parecidos, c...

Canta, oh musa

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A pesar de no haber llegado a convertirse en uno de esos grupos que llamo "favoritos", Muse siempre me ha parecido una banda interesante, más allá de toda la pirotecnia sonora desplegada por unos Matt Bellamy y Chris Wolstenholme que parecen querer rivalizar con el propio The Edge en lo que a efectos de sonido se refiere. Aunque considerar a Matt Bellamy como el Jimi Hendrix de su generación pueda parecer excesivo - excepto para algún redactor de Total Guitar - sí pienso que Muse ha sido capaz de llevar el concepto de power trio a un nuevo nivel, dando nueva vida y recontextualizando una fórmula casi tan vieja como el rock mismo. Sin embargo, todavía me produce algún desconcierto y no poca desconfianza el hecho de que, en un espacio de tiempo que se me antoja brevísimo, Muse pasara de ser un grupo relativamente minoritario a llenar estadios. Así mismo, el que la ínclita Stephenie Meyer se deshaga en elogios hacia la banda no contribuye precisamente a despejar mis dudas ...

Brujas y hadas

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En ocasiones resulta fácil caer en la tentación y emplear adjetivos como atmosférico, ambiental y similares para describir música tediosa, en la que el ruidismo ha triunfado sobre ritmo y melodía. Pero a pesar de lo extendido de este uso eufemístico del término, existen grupos que realmente hacen de lo atmosférico su estandarte y dedican el grueso de su producción a pintar complejos paisajes sonoros. Éste es el caso de los añorados Cocteau Twins, quizá uno de los exponentes fundamentales de esta manera de entender la música, llena de glosolalia y sinestesias. Cocteau Twins es además una de las referencias inevitables al intentar describir Violet Cries , el primer álbum de Esben and the Witch. Esta banda de Brighton presenta aquí una propuesta bastante alejada del pop que se lleva ahora y mucho más próxima a cierto sector del goticismo de los años ochenta. El déjà vu es constante durante la escucha de Violet Cries , durante la cual pueden oirse, además de reminiscencias de los ya m...

De colores se visten los campos...

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El color surgido del espacio fue uno de los primeros relatos de H.P. Lovecraft que leí, hace ya muchos años y en circunstancias tan especiales como a hurtadillas durante una clase de literatura. El relato venía incluido en uno de los libritos que el periódico El Sol regaló con su edición diaria durante su fugaz regreso de la tumba, a principios de los años noventa. Impresos en el peor papel que vieron los siglos, muchos clásicos llegaron a mí de esta guisa aunque recuerdo con especial cariño los dos o tres volúmenes dedicados a Lovecraft y que supusieron mi primer contacto con su obra, a la que ya llegaba algo resabiado gracias a mi experiencia rolera. Recuerdos como estos hacen que no pueda enfrentarme a Die Farbe (ni a casi nada en estos días, según parece) sin sentir la inevitable punzada de la nostalgia. Y es que Die Farbe es nada menos que una adaptación de El color surgido del espacio , en cierto modo heredera de la tradición inaugurada hace unos años por The Call of Cthul...