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Letras y cifras

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No creo que sea posible escuchar un álbum más que en un número limitado de ocasiones antes de que pierda buena parte de su brillo y empiece a tener cada vez menos cosas que ofrecernos, con el desinterés llegando de la mano de la familiaridad. A menudo pienso que ése es el principal motivo por el que continúo esforzándome por escuchar música nueva - o al menos nueva para mí, porque hay carretadas de añejos discos con tanto que ofrecer como el último hype recién parido por la pérfida Albión. Esta reflexión sobre la caducidad musical subjetiva tiene su origen en que hace ya algún tiempo que mi afición por Suede no parece envejecer con la dignidad esperada. No creo que jamás llegue a preguntarme qué es lo que pude ver en su música pero estoy recibiendo con bastante desgana la reciente oleada de novedades sobre este penúltimo cadáver musical, ansioso por abandonar el camposanto del pop. Incluso me cuesta recordar ciertos detalles de los dos conciertos de Suede a los que acudí años atrás...

Intimismo de ocasión

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No me gustan las salas de cine pero en ocasiones cumplo con el rito y acudo a ver lo que se tercie, ya sea engañado por alguien, ya por interés genuino. Pero esas salas donde las luces no se encienden hasta el final de los títulos de crédito me parecen lugares especialmente antipáticos, en los que la huida en la penumbra ofrece el doble riesgo de un tropezón o de ser alcanzado por la mirada de algún espectador que se sabe superior a mí - después de todo, él sí se ha quedado a disfrutar del usual texto blanco sobre negro. Pero prefiero escoger estas versiones inocuas de muerte y deshonor antes que la más decorosa alternativa del aburrimiento. Fue a una de esas salas donde hace ya varios años se me arrastró a ver La vida secreta de las palabras . Lo cierto es que no tenía ni idea de quien era Isabel Coixet pero disfruté de la película a pesar de lo pretenciosa que me pareció en su superficialidad y del tratamiento trivial de algunos de sus temas. Incluso es posible que me quedara a...

Perspectiva

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Durante una buena temporada le tuve algo de tirria a Theatre of Tragedy por culpa de la innecesaria versión - casi calco - de Decades con la que se cerraba su EP A Rose for the Dead . En aquel momento me pareció un modo harto afectado de afirmar la sensibilidad gótica del grupo, en una época en la que además el legado de Joy Division no estaba tan sobado como hoy. Pero poco después recibiría en préstamo Aégis , tercer álbum de Theatre of Tragedy y uno de los escasos discos que han conseguido convertirme por sí solos en devoto admirador de una banda. Al igual que los dos álbumes que lo preceden el sonido de Aégis se encuadra decididamente en el gothic metal , si bien algo más blandengue: la voz femenina continúa aportando un toque etéreo pero la masculina ya no recuerda al monstruo de las galletas, por no mencionar los edulcorados arreglos que facilitan la escucha del disco. Parecía claro que Theatre of Tragedy estaba soltando lastre aunque desde luego que yo no estaba preparado ...

Más amores de juventud

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"Sleeper" fue la lacónica respuesta que recibí cuando tuve la idea de preguntarle al dependiente de la tienda de discos por el grupo que sonaba en aquel momento. No recuerdo si el tema en cuestión se trataba de Sale of the Century , Nice Guy Eddie o cualquier otro de The It Girl porque a pesar de mi momentáneo interés lo olvidé sin demora. Pero aunque aquel día no salí de la tienda como flamante propietario de alguno de sus discos no tardaría en volver a toparme con el grupo británico, esta vez en la inolvidable - y un tanto ecléctica - banda sonora de Trainspotting . Sleeper sonaba muy bien entonces, con evidente vocación pop pero sin ápice de ñoñería, amén de tener al frente una chica de enormes ojazos y verbo ágil. La modesta fama del grupo era también otra virtud a mis ojos, facilitándome la tarea de sentirlo como algo propio y personal, como si la música se tratara de un preciado y escaso bien que los fans tuviéramos que compartir. En la misma línea, siempre estuve...

Reencuentro

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Si hubiera descubierto a The Gathering a través de cualquiera de sus dos primeros álbumes es posible que ese primer contacto también hubiera sido el último. Aunque algunos momentos de Always... o Almost a Dance se salven de la quema unas voces insípidas y poco afortunadas deslucen el resultado final. Por suerte el primer álbum de The Gathering que cayó en mis manos fue el soberbio Mandylion , con un sonido mucho más depurado y ya con Anneke van Giersbergen al frente. No hubo transición, The Gathering pasó de ser un mediocre grupo de doom metal a convertirse súbitamente en una banda de culto que contaba con una de las mejores vocalistas de la escena europea, amén de unos músicos capaces de trascender los demasiado estrechos confines del metal. No me atrevería a calificar los últimos trabajos de esta banda holandesa como carentes de interés pero el viraje hacia el trip hop iniciado en if_then_else y consolidado con Souvenirs y Home parecía estar llevando su sonido hacia un ca...

Legado apócrifo

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Las adaptaciones cinematográficas de la obra de H.P. Lovecraft ciertamente nos han deparado una buena cantidad de horrores. Pero por desgracia no me estoy refiriendo al horror cósmico tan amado por el caballero de Providence sino al horror mucho más pedestre que en los círculos de expertos suele ser denominado "bodrio". A pesar de la existencia de al menos una honrosa excepción (que me gustaría tratar en estas páginas) y del hipotético proyecto de Guillermo del Toro para filmar En las montañas de la locura el legado de Lovecraft ha aparecido con mayor fidelidad no en las películas directamente inspiradas por su obra sino, paradójicamente, en historias a priori ajenas a la misma pero que encapsulan su espíritu con un acierto quizá no del todo intencional, como La cosa de John Carpenter. Al añadir a lo expuesto el precedente patrio de la nefasta Dagon no podía evitar afrontar la visión de La herencia Valdemar con una mezcla de ilusión y pesimismo en parecidas dosis. Sin ...

Coda MMIX

En estas fechas suelen proliferar los artículos-lista, compilaciones de lo mejor de esto, lo peor de aquello, lo más vendido y demás. Pero voy a prescindir de escribir algo de esa índole, no porque haya decidido no hacerlo invocando algún elevado principio personal sino porque no me parece interesante escoger un número arbitrario (¿diez? ¿veinticinco? ¿ cien ?) de artículos de nuestra cultura de consumo y explicar por qué los considero merecedores de un puesto en mi personalísima lista y por qué creo que sirven de resumen de mis últimos doce meses. Preferiría en todo caso elegir algún hallazgo tremebundo, de esos que marcan una vida y que son capaces de producir obsesión. Y no es que este año haya sido parco en descubrimientos de ese tipo pero los primeros que acuden a mi mente ya han encontrado un hueco entre estas páginas y si tengo que ponerme a recordar activamente alguno de los demás quizá se deba a que no fueron tan especiales a pesar de todo. La memoria es traicionera pero el...