¡Qué independencia!

En numerosas ocasiones he reflexionado sobre los géneros musicales desde estas mismas páginas, llegando siempre a parecida conclusión: las etiquetas funcionan mejor cuando su finalidad es meramente la de orientar y para ello se requiere un grado de vaguedad. Categorías amplias y difusas como rock, pop o punk son paradójicamente más útiles y se prestan a menos equívocos que las del enrevesado árbol genealógico del metal, con su exhaustiva taxonomía no apta para profanos. Sin embargo nunca he sabido qué hacer del pretendido intento de hacer de lo indie un género musical con entidad propia. En origen, el término no es más que el apócope de independiente —en alusión a la situación contractual de los músicos— aunque también hace referencia a una determinada actitud, caracterizada entre otros rasgos por la filosofía DIY procedente del punk. Pero la vertiente del pop que trata de posicionarse frente al llamado mainstream ha conseguido apropiarse prácticamente en exclusiva del térmi...