Tales of the Dying Earth: picaresca en el apocalipsis
Por algún motivo Jack Vance ha terminado siendo uno de los escritores clásicos de ciencia ficción a los que menor atención he prestado desde que naciera mi interés por el género. En alguna ocasión la curiosidad me ha llevado a leer alguna de sus novelas más breves, sin que ninguna de las dos o tres que han caído en mis manos haya dejado excesivo poso con la posible excepción de Emphyreo. Sin embargo he terminado por aproximarme de nuevo a este autor, aunque esta vez haya preferido enfrentarme a una de sus obras de fantasía.
Como jugador de Dungeons & Dragons había oído decir que la obra de Jack Vance era la principal influencia tras el farragoso sistema de magia de este juego, en el que los hechiceros olvidaban sus conjuros una vez pronunciados, habiendo de estudiarlos de nuevo si querían volver a emplearlos. Sin embargo, la lectura de Tales of the Dying Earth muestra muy pocas semejanzas más entre la obra de Vance y el decano de los juegos de rol. Donde esperaba encontrarme con narraciones de corte heroico, las cuatro novelas que componen esta Saga de la Tierra Moribunda tienen un carácter mucho más pulp que las emparenta directamente con la obra de escritores como Fritz Leiber. De este modo, antes que las convenciones de género de la alta fantasía, en Tales of the Dying Earth encontraremos los personajes de talante mercenario y moralidad cuestionable que pueblan la narrativa de espada y brujería.
El mundo inhóspito retratado por Vance en realidad es nuestro propio planeta, en un lejano futuro en el que el sol ya ha iniciado su transición a gigante roja. Y de todos los personajes que vagan por esta tierra moribunda hay que destacar al pícaro Cugel, protagonista de las dos novelas más extensas de la saga. Cugel es un rufián al que los planes casi nunca le salen bien, no por la pereza que posee en abundancia o por una falta de talento que ciertamente no es uno de sus defectos, sino por pura mala suerte. Las dos novelas centrales de Tales of the Dying Earth están dedicadas a relatar sus idas y venidas, de una manera tan episódica que revela al instante su origen como publicación periódica. Son demasiadas las ocasiones en que Jack Vance parece escribir a vuelapluma y en sus páginas abundan las descripciones caóticas y las secuencias temporales confusas, a lo que hay que añadir el carácter inevitablemente repetitivo de las aventuras e infortunios del astuto Cugel. A pesar de todo, Tales of the Dying Earth me ha parecido una obra extraordinariamente imaginativa y muy entretenida, además de refrescantemente alejada de la gran mayoría de clichés que solemos asociar a la narrativa fantástica.
Como jugador de Dungeons & Dragons había oído decir que la obra de Jack Vance era la principal influencia tras el farragoso sistema de magia de este juego, en el que los hechiceros olvidaban sus conjuros una vez pronunciados, habiendo de estudiarlos de nuevo si querían volver a emplearlos. Sin embargo, la lectura de Tales of the Dying Earth muestra muy pocas semejanzas más entre la obra de Vance y el decano de los juegos de rol. Donde esperaba encontrarme con narraciones de corte heroico, las cuatro novelas que componen esta Saga de la Tierra Moribunda tienen un carácter mucho más pulp que las emparenta directamente con la obra de escritores como Fritz Leiber. De este modo, antes que las convenciones de género de la alta fantasía, en Tales of the Dying Earth encontraremos los personajes de talante mercenario y moralidad cuestionable que pueblan la narrativa de espada y brujería.
El mundo inhóspito retratado por Vance en realidad es nuestro propio planeta, en un lejano futuro en el que el sol ya ha iniciado su transición a gigante roja. Y de todos los personajes que vagan por esta tierra moribunda hay que destacar al pícaro Cugel, protagonista de las dos novelas más extensas de la saga. Cugel es un rufián al que los planes casi nunca le salen bien, no por la pereza que posee en abundancia o por una falta de talento que ciertamente no es uno de sus defectos, sino por pura mala suerte. Las dos novelas centrales de Tales of the Dying Earth están dedicadas a relatar sus idas y venidas, de una manera tan episódica que revela al instante su origen como publicación periódica. Son demasiadas las ocasiones en que Jack Vance parece escribir a vuelapluma y en sus páginas abundan las descripciones caóticas y las secuencias temporales confusas, a lo que hay que añadir el carácter inevitablemente repetitivo de las aventuras e infortunios del astuto Cugel. A pesar de todo, Tales of the Dying Earth me ha parecido una obra extraordinariamente imaginativa y muy entretenida, además de refrescantemente alejada de la gran mayoría de clichés que solemos asociar a la narrativa fantástica.
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