Boyhood: amarillismo

Me ha costado mucho tiempo pero finalmente he conseguido reconciliarme con el estrecho cauce por el que discurre mi interés en el cine. Ya hay demasiados elementos compitiendo por mi atención y con frecuencia paso por alto estrenos que debieran importarme, o descubro tardíamente la existencia de un clásico que aparentemente todo el mundo ya conocía. Pero aunque mi capacidad de obsesión es limitada y colmar estas lagunas no es algo que considere prioritario, ocasionalmente echo mano de diversos recursos para rescatar algunas películas: recomendaciones de amigos, entradas en la IMDb o la Wikipedia y, de manera más infrecuente e inconfesable, esas listas disfrazadas de artículos que tanto se prodigan en revistas como Jot Down.

He olvidado cómo llegué a reparar en Boyhood, pero probablemente fuera a través de una de las mencionadas listas, elaborada con la pretensión de enumerar lo mejor de 2014. Los doce años de rodaje en los que vemos crecer (o envejecer) a sus personajes son probablemente la mayor fuente de atractivo de Boyhood, emparentándola mínimamente con el cinéma verité. Pero tras este carácter experimental he encontrado poca cosa, una obra que se conforma con ser un álbum que compila escenas selectas —no necesariamente conexas— de la vida del protagonista y su entorno inmediato. No hay una intención narrativa evidente más allá de mostrar el paso del tiempo y el montaje final dura unas arbitrarias dos horas y media, del mismo modo que podría haber durado una o cinco sin que la esencia del filme se hubiera visto seriamente afectada.

Boyhood
Mi rechazo a Boyhood se basa principalmente en la carga ideología visible en gran parte de su metraje, una nueva iteración del viejo mito capitalista que explica cómo el trabajo duro nunca queda sin recompensa. Así, el personaje de Patricia Arquette conseguirá superar su condición de madre soltera sin recursos para mutar en profesora de universidad gracias a largos años de estudio. Hasta el inmigrante que le hace una chapucilla en el jardín seguirá su consejo de estudiar para convertirse en un hombre de provecho y en una escena posterior llegaremos a verlo convertido en toda una representación antropomórfica del American Dream. Este determinismo capitalista asfixia el mundo de Boyhood bajo un pesado manto que lo convierte en un lugar gobernado por reglas sencillas. Quien se esfuerce triunfará en su vida, consistente en un camino jalonado de hitos prefijados. En este cursus honorum el instituto sucederá inexorablemente al colegio y de ahí pasaremos al primer porro, el primer polvo, el primer coche, el ingreso en la universidad, los amigos para toda la vida, el amor verdadero y el éxito profesional. En la escena más sorprendente de la película el personaje de Patricia Arquette llega a lamentarse de la vacuidad de su existencia, tras haber quemado todas las etapas que otros han marcado para ella. Pero este tímido asomo de crítica no basta para redimir un producto conformista y conservador, cuya falta de ambición se pone de manifiesto en decisiones tan perezosas como emplear «Yellow« de Coldplay como banda sonora durante sus títulos de crédito iniciales.

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