True Detective: el rey amarillo
Una de las consecuencias de la autofagia que hoy consume al cine comercial ha sido el auge de la televisión. De ser ampliamente considerado un medio de segunda fila, sin apenas calado intelectual, ha pasado a erigirse en salvador de la narrativa audiovisual a través de sus series. Sin embargo, siempre he contemplado este formato con algún recelo, quizá por estar aún más sometido que el cine a los dictados de la industria que lo gobierna. Y los eslóganes que afirman que si Shakespeare estuviera vivo se dedicaría a fregar los baños de la HBO —o algo así— no hacen sino proporcionarme más motivos para la alerta.
True Detective ha sido una de las cumbres televisivas de la época reciente, o al menos tal juicio de valor se ha repetido lo suficiente como para convertirse en verdad irrebatible. La evolución de sus personajes, la ambientación, el guion, la interpretación, todo en ella ha sido objeto de elogio. Sin embargo, su segunda temporada a menudo se ha enfrentado a unas críticas similarmente apasionadas aunque en sentido opuesto. La primera temporada de la serie venía a ser una historia de procedimiento policial de corte más bien clásico, aderezada con una estructura narrativa dispuesta para aparentar menor linealidad y unos personajes cuya complejidad los sumerge ocasionalmente en lo caricaturesco. Las referencias a Ambrose Bierce y Robert W. Chambers que tanto atrajeron mi atención en un primer momento no pasaron de ser meras menciones y tampoco fui capaz de reconocer - no digamos ya apreciar - la tan publicitada influencia de Thomas Ligotti. A grandes rasgos, el argumento de True Detective podría resumirse como la historia de dos policías, convertidos en inverosímiles compañeros que tratan de resolver un caso con raíces en la ambición, la codicia y la lujuria de los poderosos.
Precisamente por ello me ha sorprendido el mencionado rechazo a una segunda temporada armada con similares mimbres, si bien en esta ocasión se ha seguido la moderna filosofía del "más es más" y donde había dos protagonistas ahora hallamos cuatro. Los matices de gris son ahora más sombríos, elementos como el sexo casual por exigencias del guión aportan poco a la narración y las escasas referencias a lo sobrenatural que antaño proporcionaban una tenue pátina de misterio han sido dejadas de lado. Pero, excepto por lo relativamente accesorio, las semejanzas entre las dos historias de True Detective resultan bastante más evidentes que la alegada superioridad incontestable de la primera sobre la segunda.
True Detective ha sido una de las cumbres televisivas de la época reciente, o al menos tal juicio de valor se ha repetido lo suficiente como para convertirse en verdad irrebatible. La evolución de sus personajes, la ambientación, el guion, la interpretación, todo en ella ha sido objeto de elogio. Sin embargo, su segunda temporada a menudo se ha enfrentado a unas críticas similarmente apasionadas aunque en sentido opuesto. La primera temporada de la serie venía a ser una historia de procedimiento policial de corte más bien clásico, aderezada con una estructura narrativa dispuesta para aparentar menor linealidad y unos personajes cuya complejidad los sumerge ocasionalmente en lo caricaturesco. Las referencias a Ambrose Bierce y Robert W. Chambers que tanto atrajeron mi atención en un primer momento no pasaron de ser meras menciones y tampoco fui capaz de reconocer - no digamos ya apreciar - la tan publicitada influencia de Thomas Ligotti. A grandes rasgos, el argumento de True Detective podría resumirse como la historia de dos policías, convertidos en inverosímiles compañeros que tratan de resolver un caso con raíces en la ambición, la codicia y la lujuria de los poderosos.
Precisamente por ello me ha sorprendido el mencionado rechazo a una segunda temporada armada con similares mimbres, si bien en esta ocasión se ha seguido la moderna filosofía del "más es más" y donde había dos protagonistas ahora hallamos cuatro. Los matices de gris son ahora más sombríos, elementos como el sexo casual por exigencias del guión aportan poco a la narración y las escasas referencias a lo sobrenatural que antaño proporcionaban una tenue pátina de misterio han sido dejadas de lado. Pero, excepto por lo relativamente accesorio, las semejanzas entre las dos historias de True Detective resultan bastante más evidentes que la alegada superioridad incontestable de la primera sobre la segunda.
A mí me cuesta hablar bien de cualquier película, serie o cosa que contenga a Colin Farrell, jojo...
ResponderEliminarY eso que no habrás visto Daredevil...
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