El ángelus: pinturas falaces

Hace tiempo que olvidé el motivo que me llevó a leer Los hombres que no amaban a las mujeres pero sí recuerdo mi creciente decepción a medida que descubría que el grueso tomo que tenía entre manos versaba sobre la investigación de sórdidos y algo apolillados secretos de familia. No tengo demasiada paciencia con los relatos de esta índole, que suelo asociar más a los telefilmes de sobremesa que a mi lista de lecturas. Estos pretendidos misterios suelen antojárseme o demasiado truculentos o pedestres en exceso, además de contar con abultados censos de personajes cuyos nombres me aburre retener, a pesar de haber sobrevivido a experiencias como El Silmarillion o Canción de hielo y fuego.

El ángelus, por Frank Giraud y Jose Homs
Mi lectura de El ángelus, con guión de Frank Giraud y dibujo de Jose Homs, ha sido hasta cierto punto similar. A pesar de la poco sutil metáfora de la portada, la pintura de Millet que da título a la obra no es el misterio que aquí se intentará desentrañar, sino simplemente la primera de las piezas del rompecabezas y poco más que un MacGuffin. Uno de los temas principales de este cómic es la inevitabilidad del cambio, aunque a medida que su trama comenzaba a derivar hacia la resolución de misterios de corte familiar mi interés se desvaneció un tanto. Quizá este desencuentro fuera culpa mía por postergar la lectura de un prólogo que advertía de ello, al mencionar que el cómic fue publicado originalmente en Francia en el seno de una colección dedicada precisamente a esa temática. Y sin embargo la narración consiguió retener buena parte de mi atención hasta su innecesariamente edulcorado final, gracias a un argumento correctamente construido y al excelente dibujo de Homs, que destaca en la construcción de espacios interiores imaginativos pero absolutamente creíbles.

Pero no puedo dejar de poner algunos reparos a la obra. En primer lugar, una vez más nos hayamos ante un personaje femenino estereotipadamente decorativo, cuya utilidad argumental expira al finalizar su labor expositiva y que en adelante funcionará como una extensión del personaje principal y una ayuda a su carisma. Aunque el detalle que más me ha llamado la atención es cómo en un tebeo publicado en 2010 el tabaco se emplea para transmitir una imagen positiva del protagonista, que en su estado larvario de señor de mediana edad tose al fumar un cigarrillo que se le ha ofrecido, mientras que al completar su metamorfosis en madurito interesante con sex appeal pasa a servirse él mismo del paquete, fumando con soltura y hasta fruición. Así mismo, y aunque éste sea un problema exclusivo de la edición en castellano, la traducción aparece preñada de galicismos y no puede evitar sonar caduca y pasada de moda al poner voces coloquiales de tiempos pretéritos en boca de niños de hoy. Es una lástima que en este país las deficiencias en la traducción sean algo tan propio del cómic como las propias viñetas.

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